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La protesta

¡Cómo desea protestar! ¡¿Pero a quién?! ¡¿Quién le va a escuchar?!

Si solo pudiera aullar como esos perros que no se quedan callados, sin respetar el dolor ajeno.  Le da una patada a ese macetero que solo tiene tierra y ahora, después de la última lluvia algo de agua, que cae en gotas al piso.

Como sus lágrimas, no se da cuenta que llora porque la rabia lo tiene atrapado en su odio.  Sabe que no puede culpar a nadie, está conciente que evitó en todo momento dolores a terceros, por lo menos a todos sus cercanos, para poder estar con la persona que ama.  Es cierto sí, alguna vez dijo que prefería sufrir él mismo antes de ver sufrir a otros por algo que él ocasionó.  Y que tampoco es tanto.  La verdad es que ha evitado ocasionar cualquier tipo de sufrimientos, de altercados, de palabrotas, incluso de vergüenzas, sin embargo este descriterio de la vida para con él, lo considera una injusticia.

Cuando una persona está practicando un deporte y el resultado es favorable al contrincante, expulsa la rabia, gritando, maldiciendo, garabateando, incluso puede llorar al finalizar el encuentro.  Ahora necesita desahogarse, pero ha hecho todo aquello y continúa sin satisfacer su demanda.  Necesita sentirse acogido, apoyado y por ende, conseguir consuelo.

Aunque también le parece urgente recordarla y tal vez así reducir el dolor que lo consume sin poder explicarse siquiera el por qué.  Necesita tener a alguien frente a él y confrontarlo.

¡¿Qué mierda le ha pasado?! ¡¿Acaso anda con una nube negra sobre su cabeza?!

Tiene ganas de gritar, de golpear.  Entra y se dirige a la pequeña bodega bajo la escalera; desde allí extrae su saco para golpear.  Lo tira con rabia y se muda de ropa.  Se lleva el saco a la terraza y lo cuelga de una viga, preparada ya para tal ocurrencia; comienza a verse la luna, la mira y reflexiona con alguna calma, y no logra entender cómo justo después de luchar por tanto tiempo contra todos, de enemistarse con muchos amigos; justo cuando la vida comenzaba a sonreírle, ahora que estaba con la mujer a quién había dedicado gran parte de esta lucha, la misma a quién había entregado su alma, desaparece de su vida.

¡¿Qué pasó?! Y envía el primer golpe al saco.

Luego otro y otro y se levanta y se pone en guardia y continúa luchando contra ese saco que parece cobrar vida, porque le devuelve golpes y hasta esquiva los suyos.  Jadea, a veces gime y otras gruñe, y el saco esquiva y devuelve golpes, pero él ruge su protesta con dientes apretados sin dejar de golpear, con rabia, con impotencia, hasta que el cansancio lo hace abrazar el saco lanzando bofes.

Mientras trata de normalizar su respiración, huele en el aire olores que le recuerdan que debe comer.  En cambio llora; cierra sus ojos con fuerza para que las lágrimas salgan sin pudor, llora amargamente, llora mucho.  Luego abre los ojos entre sollozos y por un momento la paz de ver la luna lo hipnotiza, pero el deseo de quejarse continúa y recuerda que alguna vez leyó el cuento “Matar al amor”, donde un chico desilusionado del amor va en su búsqueda, acompañado de su fiel padre para darle muerte.  Y así se siente, desilusionado, engañado por el amor y por la mujer de quien se enamoró, porque le prometió que estarían juntos siempre.  Se agacha y bebe con desesperación del macetero, luego con ira y cómo no, si la luna se refleja en el agua y está tan indiferente a su necesidad que la engulle, la muerde y la bebe casi hasta ahogarse, con el fin de hacerla desaparecer, y es que no puede haber ya nada hermoso si el concepto de belleza murió con su amada.

Al incorporarse reconoce con rabia que tampoco es de la luna la culpa.  Tal vez él mismo, en su afán de arreglar y corregir errores; de enmendar vidas, de cooperar para que todo fluyera positivamente, fue acorralándose al punto de quedar sin movimiento y por ende solo.  Y reclama, se reclama a sí mismo, si hasta se oye gruñir como un perro enrabiado.

Nadie se lo puede prohibir o negar ¿Cómo es posible que obrando de buena fe toda la vida, le respondan de esta manera? ¿Y a quién le reclama? ¿A la vida? ¿A Dios?  ¡Si ni siquiera existe Dios! ¡Cómo desahogarse entonces; con quién!

Necesita hacerlo, tal vez no encuentre respuestas, pero necesita sentirse aliviado.  Refunfuña, resopla y con otro gruñido se lanza directo al saco y lo muerde fieramente, casi cuelga de él pero no lo suelta y lo mueve en sus fauces con brutalidad, como si destrozando el saco su vida retomara el rumbo deseado y por el cual luchó tanto.  Es instintivo ya destrozar ese saco, para que vuelva su hembra.

Finalmente el saco ya no sirve para nada y lo suelta jadeante, pero sin dejar de gruñir, de rabia o de dolor.  Ha caído de cansancio y en cuatro patas, parece desfalleciente pero aún continúa con rabia.  El saco ya no existe y su sed de explicaciones continúa sin ser atendida; pero qué más puede hacer.  Bebe otro poco de agua y vuelve a ver el reflejo de la luna; esta vez sus ojos tristes la buscan en el espacio; la observa en silencio y advierte que los aullidos de otros animales intentan una conexión con la luna.  Huele el ambiente y de pronto la rabia se transforma en una especie de antídoto y se sienta cansado, con la lengua afuera y allí, en ese preciso momento aúlla.  Sí, aúlla.  Lo hace desde lo más profundo de su ser.  Aúlla con fuerza; con tanta propiedad y argumento, que los demás animales oyen su queja en respetuoso y civilizado silencio.

 

Miércoles, 04 de Marzo de 2009 09:30 Autor: juan carlos muñoz. #. Tema: Formas No hay comentarios. Comentar.

El hombre piedra

Ya amanece en la ciudad.  La claridad sepia deja ver las vías; los edificios; la gente que comienza un día más de trabajo.

Todo hace pensar que el día será igual a todos, el mismo tedio.Sin embargo en una intersección de vías, comienza a generarse un embotellamiento.Los vehículos ya inician sus descargos con las bocinas, y más adelante el público  se amontona alrededor de algo.La gente está curiosa.  Unas personas ven hacia el asfalto de la calzada, otras hacia arriba, como si el día, tuviera la respuesta.Nadie hace comentarios aún.  Están desconcertados.  Algunos automovilistas bajan de sus vehículos para observar.  Otros, se dirigen hacia el centro de atención, para saciar la curiosidad y saber qué causa el taco descomunal que se ha producido.El señor Olivares hace lo mismo.  A pesar de no ser curioso, tiene necesidad de ir al trabajo con fluidez y esto debe ser grande pues la gente se agolpa.  Si hasta las bocinas han dejado de reclamar.  Deja bien cerrado su vehículo y se va hacia el grupo de gente que sigue amontonándose.  Mientras más se acerca, más comentarios escucha.Personas que no lo pueden creer.  Personas que critican lo que ocurre, otras que tratan de explicar lo sucedido, aunque no se explican qué hace en medio de la calzada.El señor Olivares se acerca al último cordón de gente y mira hacia abajo.La sorpresa es grande: un hombre de mediana edad yace en el asfalto.El hombre viste un elegante traje oscuro, corbata de colores claros, camisa blanca resplandeciente, mocasines de gran brillo.  Todo lo cual choca ante la posición en que el hombre se encuentra.Su costado derecho en el suelo, su brazo izquierdo doblado hacia atrás y el otro hacia delante.  Su pierna izquierda doblada hacia atrás y la otra hacia delante.  Como si hubiera caído de un piso de mayor altura.  El señor Olivares imaginó que el señor corría y así quedó.  Sin embargo, los edificios circundantes distan del hombre en el piso unos catorce metros a cada vereda.  Tampoco es un paso de cebra.  Tal vez cayó de su vehículo o alguien lo lanzó del mismo al pasar.Paradójicamente con su posición, el asfalto no delata color alguno, es decir no hay sangre.  Además el hombre parece cómodo.El señor Olivares pregunta si ya han tratado de moverlo.  Todos los que le escucharon negaron con la cabeza, nadie habló.  Como si tuvieran miedo a algo.El señor Olivares lo mira y se da cuenta que los ojos del hombre en el piso se dirigen a él.  Su mirada es serena y no acusa dolor ni miedo.  Algo lo retiene para ayudarlo a ponerse de pie.  Sus labios se mueven imperceptiblemente, pero el señor Olivares lo advierte.Va en contra de todos y se encamina a ayudarlo.  Los demás lo miran asombrados.  Nadie está dispuesto a ayudar, ni siquiera cuando el señor Olivares recorre a todos con su mirada.  Se resigna y se acuclilla.  Lo mira, el hombre ya no lo ve, su mirada está en otra dirección.  El señor Olivares lo estudia, quiere saber dónde tomarlo, para no lastimarlo más.  Opta por preguntarle.No hay respuesta.El señor Olivares busca sus ojos.  le="font-family: ’trebuchet ms’, geneva;">Está consciente, pero no responde.  Los labios del hombre en el suelo continúan moviéndose imperceptibles.El señor Olivares se acerca, no oye.  Se acerca más, no logra oír nada.  Se acomoda para dejar su oído cerca de la boca para poder oírle.Solo escucha un susurro.            Vuelve a mirar hacia el círculo de curiosos que reflejan ansiedad por saber qué pasa.            El señor Olivares decide tomarlo sin más.Se acomoda a la espalda del hombre y hunde su brazo bajo el brazo del hombre y el otro bajo la pierna.Se impulsa y cae abruptamente golpeando su rostro en el pavimento.  La gente ha retrocedido tres pasos más, junto a una exclamación.  El señor Olivares se levanta rápidamente y lo mira incrédulo.  Lo observa nuevamente, se vuelve a la gente para que le ayuden pero no parecen dispuestos a ayudarlo.Después de un rato, se aproxima nuevamente al señor, lo toca y trata de moverlo.  Imposible, el señor es una roca: está duro y frío.  Como si fuera parte del pavimento.El señor Olivares trata de entender qué pasa.Reflexiona, pero nada logra satisfacer su duda.  Impotente, busca una respuesta en el cielo color sepia.  La tenue claridad y las pocas nubes amarillas, le indican que el ventarrón de la tarde semanal está cerca.  Lo que quiere decir que al señor hay que sacarlo antes de dos horas más o menos, porque la fuerza de este viento puede moverlo y dañarlo.Pero cómo hacerlo si no se puede mover.La gente lo sigue con la mirada, mientras el señor Olivares piensa dando vueltas alrededor del señor en el piso. Está seguro que hay una respuesta, pero no sabe dónde encontrarla.De pronto saca su móvil y llama a una grúa.  Se da cuenta que la policía no aparece, como siempre ocurre; cuando más se le necesita…  También los llama.  Llama a la ambulancia, para que vengan a verlo.  Lo más probable es que esté paralizado, pero porqué tan rígido.Dos hombres se le acercan para prestarle ayuda y lo intentan.  Lo rodean, se acomodan y a la cuenta de tres, tratan de moverlo.  Los tres se esfuerzan hasta cambiarles de color la cara y hacerlos sudar.  Pero el señor no se movió un centímetro.Los hombres quedan exhaustos.  Aparecen más hombres para ayudar y llegando a la veintena, la esperanza del señor Olivares aumenta.  Todos deslizan sus manos bajo el señor y a la cuenta de tres tiran hacia arriba uno, dos, tres, cinco, diez segundos y nada.  No pueden moverlo y todos los que participan quedan cansadísimos.Todos los observadores abren paso y aparece una gigantesca máquina.  El chofer no puede creer que lo llamen para levantar el cuerpo de un hombre y vivo.  El señor Olivares le explica.  Aún incrédulo le entrega el cable para poder levantarlo.  El señor Olivares lo hace, pasa el cable por entre el señor del piso.  Toma el gancho, lo adhiere en el cable y luego le avisa al chofer que está listo.  Éste pone en marcha la camioneta y avanza poco a poco.  El cable se estira y repentinamente frena la camioneta.  Toda la fuerza de la máquina trabaja para poder levantar al señor.  De pronto, un chasquido indica que el cable se corta y el público se cubre.  Un accidente de proporciones ha ocurrido, pues hay gente sangrando ya que la parte del cable que viene de la grúa, se agitó lo suficiente como para alcanzar a algunos curiosos, los más cercanos, entre ellos el señor Olivares.Al llegar la ambulancia y la policía se preocuparon de atender a los heridos.  Del señor que yace en la calzada nadie quiere ocuparse.  Parece que es un estorbo.  Como el ventarrón ha llegado ya al pick de su fuerza descomunal, los ilesos huyeron.Ahora he quedado yo solo, mirando a este señor.  Todos los demás se han ido con los heridos ¡si hubo hasta heridos graves!.  Yo también trato de entender mientras lo miro y el viento pasa por mi rostro, haciendo sentir su furia.  Yo, ya acostumbrado a este viento, me fui allegando a un recodo del edificio del frente.  En unos minutos ha tomado la fuerza acostumbrada; como si de un tornado se tratara.Me sobresalto al ver al señor que su cabello y sus ropas se mueven enérgicamente, como con rabia, como si quisieran golpearlo…Pronto sus ropas se ajan y vuelan lejos llevadas por el viento, que al llegar a su clímax desnuda completamente al señor; su piel comienza a volar como granitos de arena, finísimos granos de arena.  El asombro va abriendo mis ojos, tiemblo y me aferro al hormigón de la construcción.  El señor se va con el viento; en realidad el viento lo deshizo.

No ha quedado nada de él y yo tengo que sentarme.  El viento comienza a calmarse y no hay nadie que avale lo que he visto.

Martes, 09 de Octubre de 2007 03:33 Autor: juan carlos muñoz. #. Tema: Formas No hay comentarios. Comentar.

La espera

Felipe llega al lugar acordado casi corriendo, está ansioso.  El punto de encuentro es la parada de buses de esa bocacalle.El semáforo frena su impulso de atravesar enseguida y aprovecha de dar una mirada al paradero del frente.  Ella no está, mira su reloj y respira profundo.  Ha llegado con diez minutos de antelación.  No se incomoda, la espera valdrá la pena, de eso está seguro.  Se mira en el reflejo de la publicidad que hay a su lado y se observa por un rato.  Se desconoce pues nunca se había dado tiempo para arreglarse de esa manera; claro, la ocasión amerita un mayor cuidado de su persona: su negro cabello agelado y bien peinado, inmejorable afeitada, sus mejores y pocas veces usadas prendas, zapatos perfectamente lustrados y el perfume que le sacó a su padre.Así es, la ocasión lo amerita, pues será su primera vez, para él y Francisca.El semáforo es de tiempos largos para los vehículos.  De este lado de la calzada la gente comienza a juntarse; del otro lado también.  Los dos grupos parecen ávidos en cruzar la calzada.  Felipe imagina que todos cruzarán la calle para juntarse con Francisca, y de un momento a otro darán la partida para pelearse la cita con ella.  Cada vez hay más gente en ambos costados y se miran con menosprecio.  La batalla será dura, pero Felipe confía en su fe, en el amor por Francisca.  Todos saben que uno solo será el vencedor.El semáforo está en amarillo y Felipe se prepara para dar con todo a sus rivales.La luz verde  indica que el torneo ha comenzado y Felipe sale en busca del triunfo.  Golpea, le golpean.  Esquiva, le esquivan.  La luz del semáforo está pestañando y aún no llega a la acera.  Da los últimos topones y empujones y pisa la vereda justo cuando la luz roja se ha encendido.En su mente, Felipe ha sido el vencedor de la justa y una multitud de personas le vitorea y grita su nombre.  Luego de una humilde celebración, se dirige al paradero con paso lento.  No quiere parecer deseoso.  Tal vez Francisca ya llegó y se esconde en algún lugar para observar sus movimientos.Ya ahí, se confunde con la decena de personas que espera un bus.  Ha llegado sin hacer ruido, como si quisiera no ser visto.  Y Felipe advierte que no le han notado, entonces juega a que nadie le verá, que es invisible.Y parece que así será pues todos están preocupados de la hora y su respectivo bus.  Se acerca a una bella mujer y huele su perfume, la mira con descaro, ella es estupenda, pero no se ha inmutado.  Aún así, Felipe se aleja de ella pues vuelve a recordar que Francisca puede estar escondida por ahí.La recuerda.  Si él se ha preocupado por verse bien, imagina que Francisca se ha esmerado por verse fantástica; tal vez se pondrá la falda que a él le gusta porque descubre sus hermosas piernas, esa blusa que le queda tan bien y se soltará el cabello para verse más sensual.  Todo por agradarle.Un espasmo lo saca de sus pensamientos, ve el reloj y el rostro le cambia: ya ha pasado la hora indicada y Francisca no aparece.  La noche comienza a caer.  Se voltea impaciente y cae en la cuenta que hay más personas en el paradero, que aún está pasando desapercibido, como si realmente fuera invisible.  Para probarlo, se pasea entre ellos lentamente.  Nadie lo mira, nadie lo evade.  Entonces una sonrisa triunfal nace en su rostro.  Es cierto, piensa, nadie me ve.  Como la rabia comienza a cundir es bueno buscar una excusa para dar de golpes a alguien.  Mira a su alrededor, hay varias señoras; un señor con sus hijos; la mujer estupenda; colegiales; dos universitarios y dos mujeres con bolsos.  Decide irse encima de los universitarios.  Da un empujón y el muchacho lo recrimina por la acción, Felipe le da un golpe en el rostro y recibe uno en el propio, por parte del amigo del universitario.  Lanza una patada que lo dobla, el otro se va en demanda de él, dando manotazos al aire y con la cabeza apuntando a su estómago, pero lo detiene con una trompada y lo manda de bruces, junto a su compañero en el suelo.  De pronto la luz de la publicidad en el paradero se enciende y lo perturba.Todos están ahí y no ha pasado nada.  Los universitarios sin un rasguño y él ha vomitado toda la rabia que se le acumulaba.  Todo ocurrió en su mente, pero de alguna forma le ha ayudado a sentirse mejor.Nuevamente se acuerda de su amada.  Sería imposible que no viniera a la cita.  Tanto tiempo preparando este día, con tantas ilusiones y fantasías por cumplir o aprender.  No, Francisca no fallaría, aunque está retrasada, pero qué importa si las mujeres se retrasan siempre.Por mientras, continúa jugando a ser invisible.  Se pasea..  La ve aparecer por  la vereda del frente y su boca queda abierta.  Está bellísima, es más, todos se vuelven a verla.  Irradia belleza.  Viste tal como él la imaginaba.  Se ve mejor de como esperaba.  Mientras cruza por el paso de peatones una luz la rodea: es su aura que tiene un color especialmente bello.De pronto, alguien le dice que le permita pasar y un bus está frente a él.  Sube gente a ese bus.  Cierra la puerta y se marcha.  Dirige su mirada hacia donde viene Francisca y ya no está.  Su ágil imaginación la vio.  Pero lo cierto es que no llega, pasa sus manos por el mentón de barba crecida y esconde su desesperación.  Continúa su paseo.  Ya perdió interés en jugar al invisible.  Vuelve a pensar en Francisca.Quizá se arrepintió, saca su celular y alcanza a marcar tres dígitos y guarda el móvil.  Sería asustarla aún más, tal vez ella ya viene; tal vez la locomoción es lenta.  No quiere ni pensar en que pudo ocurrir un accidente, para no llamar malas ondas.Una vez más pasa por el aviso del paradero y se mira.  Su cabello blanquinegro y algo más crecido le recuerda la larga y rubia cabellera de Francisca.  La misma que añora tener en sus manos, peinar y acariciar.  Los recuerdos de ella parecen alejarse, será que la ansiedad le está jugando una mala pasada.Continúa con su paseo, pero se siente cansado y con algo de frío. La noche está cerca.No quiere ver el reloj para no darle vía libre al enfado nuevamente.  Se sienta en el paradero, aún parece ser invisible a los demás, aunque hay solo una persona más.  Pero ya no le importa.Acomoda sus cabellos blancos detrás de sus oídos y rasca su barba.Felipe recuerda los buenos momentos que pasó con una novia, que ya no recuerda bien cómo se llamaba ni tampoco su rostro, pero le gustaría dormirse con su recuerdo, soñar con esa mujer y que algún día hicieron el amor.Se recuesta en el asiento del paradero, se acurruca y el cansancio propio de las personas que han vivido su tiempo, lo duerme rápidamente.

Lunes, 08 de Octubre de 2007 02:56 Autor: juan carlos muñoz. #. Tema: Formas No hay comentarios. Comentar.


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