Por un saco de arena
Llegué más temprano hoy, para terminar un tedioso e interminable proyecto. Siempre me costó más comenzar, que dibujar el mismo. Aquí estoy, sin poder comenzar, mirando por el ventanal hacia el seco estero que, sin embargo, se ve hermoso dentro de la ciudad. Me distraigo con el hilillo de agua que corre hacia el mar, con algunos caballos que deambulan por pastos frescos, con personas que buscan oro, etcétera.
Mi vista se detiene en un hombre que, solitario en todo el estero, extrae arena fina. Tiene una especie de colador gigante con la cual separa los granos gruesos de la arena que está recolectando. Lleva varias horas en lo mismo, entierra la pala en el río y deja la arena en la caja cedazo.
La mayor profundidad del río no excede de los treinta centímetros. El hombre saca la arena de allí.
Sufro al verlo; su edad ya no le permite acelerar el trabajo. Pero lo entiendo, aunque se sufre al verlo. Cada palada es un dolor en su espalda. El sol facilita el sudor y cada diez minutos descansa. Se echa agua en la cabeza, sobre su gorro de lana y luego refresca su cuerpo. Un cuerpo dolorido, sudado y viejo, pero aún con fuerzas para acarrear la arena.
Una vez que el cerro de arena fina está listo, vuelve con su pala y la mete a un saco de cemento. Lo coge lanzando una mirada al cielo, como pidiendo fuerzas para aguantar el cruce del cauce con el saco al hombro. Lo impulsa, lo abraza y luego con mucha dificultad lo deposita en su hombro. Un gesto de gran esfuerzo sale de mi rostro automáticamente.
Así, a pie pelado y con un peso nuevo, comienza a caminar hacia la orilla, sin dejar de enfocar con su mirada el afluente al que se dirige. Debe cruzar muchas arterias pequeñas del río a lo ancho de su lecho. Sus pies están exhaustos. Ya ha hecho lo mismo, muchas veces esta mañana.
Sólo piensa en una cosa: poder llegar al otro lado del río. Como yo: poder terminar este proyecto.
Frente a esa arteria, la más profunda, tiembla. Observa severamente el agua, como buscando algo, como que necesita ver a un adversario que es a quién se enfrenta, para poder cruzar.
Mete los pies al agua y reza para atravesar por fin su saco al otro lado. Es lo único que desea.
Y de repente me sorprendo deseando lo mismo.
El ancho de esta arteria debe ser de unos dos metros, su mayor hondura debe andar por los veinte centímetros, el hombre ya está en el medio, sus pies aún soportan y tantean las piedras del fondo para evitarlas, pero muchas veces es en vano.
Cree que ya lo logra, pero de pronto lo adivina y el fondo lo succiona hasta no verse.
Una impotencia me golpea con fuerza, estoy de pie, casi pegado al vidrio del ventanal.
El chapoteo es desesperante. Trata de no ahogarse y no perder su arena nuevamente. Pero da vueltas y vueltas, da tantas vueltas que se oye su opresión. Y el agua lo arremolina. La arena cae por doquier. Emerge y se hunde, a veces se le ve retorcerse abrazado a algo. Otras veces se ve dentro de este algo como estrangulado, hasta que vuelven a sumergirse.
Inesperadamente, todo se calma. El saco vacío y el gorro de lana bajan lento sobre el agua, siguiendo la corriente.
Me vuelvo a sentar, aliviado por ver el fin de la lucha.
El hombre fatigado, de rodillas vuelve al borde de donde venía. Una vez fuera, se estira en el suelo. Golpea con rabia la tierra. Se sienta frente a ese inofensivo afluente. Se queda así por un largo rato, estudiándolo, odiándolo, pero comprendiéndolo.
Con paso débil y cansino, va en busca de su gorro de lana y el saco; volvió al lugar inicial de su labor. Tomó la pala y comenzó a extraer arena.
Espero poder terminar mi proyecto, una vez que el hombre cruce con su saco.



