Por tocarla

Me dirijo donde está el amor de mi vida.  Siempre estuve enamorado de ella, desde que la conocí.

Incluso antes de conocerla, ya la soñaba.  La besaba así, como siempre la besé: limpio, con pasión.

Su mismo abrazo lo he sentido desde siempre, con la presión precisa para sentir la calidez de sus manos, su cara; la tibieza de su piel, su pelo; para rozar sus caderas pequeñas pero sensuales, sentir sus pechos erguidos.

Siento que toda mi vida viví sumido en este sentimiento.  Como atrapado entre la nostalgia y el amor; la angustia y la pasión retenida.  Como ahora, que me siento atrapado entre esta tierra y el cielo, o entre ella y lo divino.

Sin embargo así es como mejor me siento, porque veo más clara mi vida.  Así puedo entender ahora, que haya dedicado tanto tiempo a pensar en ella, todo ese tiempo.  Era necesario hacerlo pues el fin de mis días se acercaba.  Sí, ahora lo entiendo.

Lo hacía tanto, y tan seguido, que podría haberme vuelto loco mucho antes de morir.  Si ahora miro hacia atrás me resulta increíble haberla pensado a cada rato, haberla imaginado tanto; recordado, y amarla en el tiempo, sobre todo haberla amado en el tiempo.

Así que aquí voy, me dirijo hacia ella, persiguiendo su aroma.  Su perfume no ha horadado tanto en mí como su aroma, su propio aroma.

¡Pero si antes de su llegada sabía que se aparecería gracias a su aroma!  Aún así, me producía una especie de vértigo y mi estómago subía y bajaba cada vez que la veía.

Ya casi llego y la sensación es similar, sin contar la alegría que embarga a mi espíritu.  Como si el tiempo no hubiera existido, aunque de hecho ha transcurrido mucho tiempo; como sea, su imagen la tengo tan bien grabada dentro de mí, que puedo jurar que nunca he dejado de verla.  Ni un solo día, nunca.

Allá voy.

Y me imagino tocando su cara, sus manos.  Porque tampoco he olvidado el placer que me produce tocar su piel.  ¡Qué daría por tocarla de nuevo!  Nunca le dije nada cómo me encantaba tocarla.  Como por ejemplo al envolver su rostro con mis manos, despejar su frente de cabellos desordenados y contemplarla así por un instante; sabía que al pasar ese momento tan perfecto para mí, volvería al tedio rutinario, debiendo esperar una próxima vez para hacerlo: una eternidad.  Otra eternidad.

Pero ya estoy llegando.  Atravieso el umbral de su hogar y me dirijo a su habitación donde sé que volveré a verla glamorosa, bella y deseable, como siempre.

Cómo no voy a querer tocar esa piel, mientras dormita y se revuelca remolona entre las sábanas.  Juro que no hay nada más cercano a lo celestial que verla dormir, y no es por adular; lo digo con propiedad, ni los ángeles tienen una belleza igual.  Y ahora que la miro, recuerdo todas las emociones que perdí por no tocarla cuando debí hacerlo. Y advierto que continúa provocándome estas ganas, que creí muertas también, por tocarla.

Basta con que la yema de mis dedos recorran su piel, para sentir que pierdo la cabeza, los sentidos y mi espíritu.

Marcando su silueta con devoción apostólica, mis dedos graban sus poros y vellos; rugosidades y lunares; ella cree que sueña, mientras mis dedos en su piel continúan reconociendo su cuerpo, pliegues que se estiran, dobleces que se dejan extender, la hendidura que se resiste primero y consiente luego.  Mis dedos ya no la sienten pero mi memoria me ayuda.  Y la recorren lentamente, rotando en esa hendidura por un momento, y enseguida, continuar recorriendo su cuerpo.  Ella se mueve y se tiende de espaldas, y se deja; se da.  Sus pechos acogen mis dedos que palpan esos pezones eternos; los recorren sin prisa, muy quedamente, para alargar el sentimiento de felicidad plena, reproduciéndola en mi mente y acariciando su rostro; van grabando la cuenca de sus ojos verdes, su estilizada nariz, la delicia de sus finos labios carnosos.

Desordenan su cabello, bajan una vez más a sus senos y abarcan cada uno de ellos nuevamente con cuidadosa pasión, se quedan un rato en el centro de ellos palpando y apretando, acariciando, sobre todo acariciando.

Y vuelven a sus poros, a sus rugosidades y pliegues, a su hendidura especialmente, que ya está más dúctil, más tibia y en la medida que mis dedos rotan, más húmeda y dispuesta se vuelve.  Sus piernas se abren delicadamente, perezosas, sutiles.  Reciben mis dedos con un leve movimiento; tenue, muy tenue, y le cuesta controlar la respiración, porque mis dedos vuelven a su hendidura y vuelven a rotar.  Su rostro resplandece y cuanto más rotan, más radiante y su cuerpo acusa más estremecimientos, porque sueña conmigo; y mis ojos se nublan y yo creí que ya no podría.

Ahora lleno su cuerpo de mis dedos con delirio y sus pies pequeños y delicados los alberga por un momento; luego busco su espalda y la vuelco para acariciar sus suaves y blancas nalgas y en medio del frenesí de mis dedos, encuentran su hendidura.  Por un segundo se corta su respiración, sus movimientos se paralizan y sus ojos quieren ver, pero se cierran y de nuevo rotar lentos y ella vuelve al jadeo, y yo que quisiera linda.

Pero persisto, porque su felicidad es la mía y siento que caen mis lágrimas emocionadas y mis dedos continúan rotando, entrando y saliendo, cada vez más rápido, cada vez más húmedos y es la emoción que me nubla y moja mis mejillas, porque creí que yo ya no y ella sí; y aquí está, hermosa, soñando que es feliz y yo haciéndola feliz hasta que ese pequeño grito la induce a girar y quedar de lado con las piernas encogidas.

Entonces acaricio su espalda, su cuello, sus hombros.  La abrazo, sé que no me siente, pero la abrazo con vehemencia.  La abrazo por completo, y mi cuerpo entero la toca y mi alma se maravilla y su piel se funde con la mía; y hundo mis dedos en ella; hundo mi lengua en sus labios, hundo mi hombría acabada ya en su vivaz matriz; manoseo sus senos y los siento grandiosos y yo mismo me siento gigante con ella y el placer le provoca espasmos involuntarios, los que provocan que se incorpore impresionada.

Me ha adivinado y yo detengo este deseo fantasmal.

Mecánicamente salto de su cama y la miro de pie.  No quiero asustarla.  Ella se ha sentado en su cama y mira a su alrededor confusa.

¡Qué hermosa es!

Ella ahí, a mi lado y no me puede ver, ni oír.  Se acomoda ya más tranquila pero expectante.  No se cubre.

Quisiera poder tatuar con mi propia sangre sobre su piel y registrar en sus sábanas y almohada, versos y poemas que le digan que estuve allí, que nunca me he ido de su lado; para que cuando duerma pueda soñar que yo mismo se lo digo; para que sepa que este alejamiento no es eterno.  Haría cualquier cosa por estar junto a ella para siempre.  Por tocarla.  ¡Cómo necesito tocarla!

¡Cómo necesito que me mire a los ojos, para resucitar!

Y amarla; sobre todo amarla.

 

 

Miércoles, 04 de Marzo de 2009 09:19 Autor: juan carlos muñoz. #. Tema: Ciclos.

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