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Labios
Su carnosidad genera esa textura fina que se adivina suave al tacto. Tienen un hermoso color rosa. Cerrados, se ven simétricos y armoniosos; su forma es bella. Los dedos se acercan, están tentados a tocar y lo hacen, suavemente eso sí, para no despertarlos. El gozo para los dedos es increíble y los labios se contraen regalones, desconocen esa caricia pero les gusta y esperan quietos para ver qué ocurre más adelante. Los dedos están oprimiendo más aún sobre los labios, para no dejar de sentir esa piel fina porque de tanto sentirlos se acostumbran y así se pierde el deleite; además aprovechar para que se vayan relajando y provocar mayor ductilidad en ellos. Los dedos, llevados por el placer que le provocan, intentan ahora separarlos y entrar en ellos un poco; quieren dejarlos preparados para que otros labios los besen. Pero ellos se resisten un poco, juegan con los dedos, se dejan acariciar, porque le seducción debe ser perfecta para permitir entreabrirse. Los dedos también seducen y lo hacen bien pues ya dóciles, los labios se entreabren. Pero ellos también comienzan a seducir, se abren un poco y se cierran, oprimen y sueltan a los dedos. Succionan otro poco y expulsan. Los labios se van humedeciendo y los dedos también. Lentamente, para no perder la atmósfera, ni el ritmo que llevan, salen acariciando todo su alrededor, formas, bordes y rugosidades y ellos parecen buscarlos, los siguen por instinto y resbalan por la humedad, y cuando parece que los labios volverán a atrapar a los dedos, otros labios los frenan. Vuelven a resistirse porque es otra textura, pero aflojan rápido porque ya todo es lo mismo, todo es labios mojados y humedad y esa lengua que busca; que entra y sale sin consentimiento pero con gozo; que acaricia cada uno de ellos con fogosidad y los separa, y entra y acaricia por dentro y sale de nuevo, y vuelve a acariciarlos por fuera provocando tanto placer en ellos, tanta contracción, que parecen adormecerse hasta quedar sin movimiento, esperando estallar en cualquier momento.
La mujer imaginada
He vuelto a comunicarme con varios amigos, de los que no tenía noticias desde mi juventud, incluso desde mi infancia con algunos. Uno de ellos es Samuel, un tremendo amigo que tuve en mi juventud, con quien nos gustaba hacerla de conquistadores, con muy buenos resultados. Ahora mi amigo está completamente enamorado.
Un día me contaba telefónicamente, maravillas acerca de su mujer y confieso que alguna envidia se apoderó de mí cuando, inocentemente creo yo, me describió físicamente a su pareja, la Francia. Yo lo interrumpí para preguntarle si en lo personal era tan atractiva como en lo físico y me comentaba que era una mujer dulce, amorosa… Volví a interrumpirlo para que dejara de fastidiar. Era imposible que existiera, puesto que se acercaba mucho a mi ideal de mujer y los ideales no existen. Fue cuando comenzó a evadir extrañamente, mi invitación a ambos, para una cena en mi casa; así aprovecharía de volver a ver a mi amigo y de conocer a Francia.
La primera vez, recuerdo que enmudeció un largo rato. Cuando respondió, fue para decir que lo llamaban por el celular y cortó.
Después de eso volvimos a hablar muchas veces y siempre quedaba mi pregunta en el aire. Ya no sabía qué pensar y divagué con muchas conclusiones. Muchas decían relación con su seguridad. Los celos, pensaba yo, identifican enseguida al inseguro. También pensé que él pudo exagerar las descripciones acerca de Francia y ahora se sentía acorralado. Podría ocurrir incluso, que no quisiera continuar nuestra amistad sino sólo por teléfono, no se por qué pero ¿qué podía pensar?
Incluso llegué a pensar que él ya se había negado, que yo no oí esa respuesta y que ahora, al repetírsela y parecerle majadero consideraba un irrespeto volverse a negar, para lo que creía mejor no responderme y colgar luego. En fin.
Un día recordé el momento en que otro amigo nos presentó a su pareja: la Luna. Nosotros éramos muy jóvenes en ese entonces y ella era una chica estupenda. Recuerdo que solo estuvimos un par de horas con ellos, bebiendo café y que fue un momento muy distendido; pero fue suficiente para saber que ella era la referencia a la hora de escoger parejas. Sin embargo, a la hora de la despedida, Samuel se transformó. Su rostro endureció. Su mirada se extravió, cómo olvidarlo. Y una vez que quedamos solos, me confidenció que Luna, había sido su pareja el verano anterior.
Quedé con la boca abierta. Me dio rabia. Pero recordé que Luna había coqueteado conmigo, majaderamente. No me quedó otra alternativa que creerle, pero tampoco le conté lo del coqueteo.
Poco tiempo después, Samuel dejaría de llamarme para juntarnos y salir a divertirnos. Lo atribuí a que en esa época comenzamos a trabajar y el tiempo ya no era lo que nos sobraba. Aún así, su ausencia, que fue alargándose en el tiempo, me pareció extraña. Pero como yo no soy de los que llaman para saber cómo están mis amistades, nunca supe a qué se debía su alejamiento, hasta que perdimos el contacto definitivamente. No obstante amigos en común, me informaron que Samuel había sido ingresado a una clínica siquiátrica por un largo tiempo.
La versión oficial decía que por estrés. La verdadera, que sufría de esquizofrenia.
Claro, yo lo excusé esa vez porque él tenía un cargo muy importante como creativo en la oficina de publicidad donde trabajaba, por lo mismo inventaba muchas historias. Tal vez Francia era una de sus creaciones; pero eso sería una locura.
Sin embargo recordar ese momento, me alertó enseguida para el día que nos viéramos y habláramos de los recuerdos, porque finalmente aceptó mi invitación, con Francia incluida.
Pero ha pasado el tiempo; mucho tiempo, y todo cambia, por lo que espero que sus padecimientos ya no lo acosen. Por lo menos telefónicamente me pareció una persona muy normal. Es más, nunca me pareció anormal.
Llegó el día indicado y yo, afanado en una buena cena, me cercioraba que todo estuviera andando y que mi departamento reluciera. Aún no sé si para recibir a mi amigo o para conocer a Francia. Iba a acomodarme en el sofá cuando el timbre sonó, ya era hora. Al abrir, el rostro de mi amigo apareció llenándome la mente de buenos recuerdos y el abrazo espontáneo y fraterno me indicó que para él también había sido un instante emotivo. Lo hice pasar y sentarse, mientras ambos reíamos y hablábamos atropelladamente; por esto pedí una pausa con mis manos y fui por el sour, que permanecía muy frío, para brindar por el reencuentro y para ordenar la conversación.
Sentados ya en el sofá, comenzamos a preguntarnos por los amigos de juventud, los que aún estaban haciendo lo mismo; los que habían cambiado de rubro; los que han recorrido parte del mundo; incluso recordamos a los que partieron antes que nosotros. Pero los buenos momentos siempre son más y reímos buenamente de aquellas anécdotas que, por lo general tenían que ver con cómo conquistábamos a las chicas…Ahí palidecí, mi rostro mutó a una seriedad que dolía, miré a la puerta mecánicamente recordando que la había cerrado, después miré a mi amigo, que ya me miraba con alguna angustia y le pregunté
-¿Tu… novia…?
Samuel se serenó y me dijo que no me preocupara, que ella llegaría más tarde porque debía resolver un asunto que se le había presentado a última hora. Yo suspiré más tranquilo, pero enseguida reconocí la treta de Samuel para no presentarme a Francia, lo que me hacía sospechar de su enfermedad. Pero esperaría tranquilo.
Continuamos conversando y recordando otro rato más y la comodidad que yo sentía al hablar con él, me hacían olvidar aquel episodio ingrato en su vida, que recordé antes. Igualmente, volví a preguntarle por Francia para ir tanteando sus gestos.
-Quedamos en que no tardaría mucho, pero si demora más de lo normal la llamaré. Te va a encantar amigo. Es una belleza fascinante…
Yo sonreí esperanzado, pero confieso que incrédulo aún, por lo que brindé por su suerte. Todo continuó normalmente y volví a recordar lo de la clínica, mientras me relataba su viaje por Europa; que había vuelto maravillado y con un baño de cultura ancestral increíble; que no hay nada como ver cada país personalmente, recorrerlo, conocerlo, admirarlo… Yo para ser sincero, seguía estudiándolo, como si con eso fuera a saber si me miente o no; o si su enfermedad continúa con él. Pero parecía normal, un tipo como cualquiera, como siempre me lo ha parecido en verdad. Así que olvidé el tema y me relajé.
Serví más tragos y aproveché de indagar por Francia, ¿cómo se conocieron?, ¿cuándo?, ¿de dónde es ella?, ¿qué hace?, etc.
Samuel me miró serio, y buscó algo en mi mirada, yo ya estaba arrepintiéndome de haberle preguntado, pero finalmente y tal vez al no hallar lo que estaba buscando, comenzó a hablar de ella; que se conocieron en una plaza mientras él leía, que ella se sentó al lado, que de pronto se le cayó un pañuelo de cuello y Samuel galante, lo recogió para entregárselo. Lo cautivó enseguida.
A mí también me parece cautivante una mujer que toma la iniciativa.
Ya en la relación misma, me confidenció que era muy cariñosa y atenta a los deseos de él, sin llegar a ser servil. Discutía con argumentos, y era una mujer clarísima en sus ideas. Por lo mismo no vacilaba al momento de decidir y que su sensibilidad le daba un aura especial. Por otro lado, en lo físico, me decía que su belleza era indescriptible.
-¡Te juro que no podría describírtela! A cambio te puedo decir que tiene los ojos más bellos que he visto.
Para dejar de imaginármela y no pecar con ella en mi pensamiento, engañando de ese modo a mi amigo Samuel, partí a la cocina para darle los últimos toques a la carne que se doraba perfectamente. En ese momento sonó el timbre y Samuel me gritó que él abriría. Pensé que era Francia, pero no sentí ni un ruido. Como si se hubieran quedado en la terraza.
Salí con mi mejor cara de chef para sorprender a la parejita y el sorprendido fui yo, porque mi amigo estaba sentado solo en el sofá, sonriéndome y bebiendo lo que le quedaba del sour.
-¿Quién tocó?, pregunté y Samuel me respondió que Francia había llegado. La busqué con la mirada dentro de la sala y no vi ninguna mujer, me dijo que había salido al jardín a ver los hermosos rosales que tenía. Efectivamente el ventanal estaba abierto. Ya no podía dudar. Volví a buscar una copa para Francia y servirle cuando regresara. Ahora, me senté frente a mi amigo para que ella al entrar, quedara a su lado y retomamos nuestra conversación de recuerdos y anécdotas que nos emocionaba, pero ella no entraba. Esperé que hiciera una pausa en su relato y le propuse que fuéramos al jardín a acompañarla.
-¡Pero si ahí viene!, exclamó Samuel y se levantó a recibirla.
Yo hice lo mismo y volteé para darle la bienvenida y decirle que ya estaba creyendo que no existía…
¡Pero no venía nadie! No había ninguna persona y mi mente se turbó, pensé que era una broma de Samuel, pero lo oía hablar, no sé si con ella, o si me hablaba a mí. Lo cierto es que tuve que sentarme en el sillón. Él estaba feliz. Me preguntó.
-¿Qué tal? Ella es Francia.
Lo miré bien y juro que su mirada veía en todas direcciones con un brillo extraño, como si tuviera algo en los ojos; como esa vez hace años. Samuel la miraba y le hablaba de mí, le había tomado la mano y parecía el hombre más feliz de la tierra. ¡Pero no había nadie!
Yo, agarré mi cabeza con ambas manos y me enterré entre los muslos, para poder pensar en qué hacer. Lo echo. Le digo que realmente no está bien y lo llevo al hospital; le sigo el juego hasta que se vaya o simplemente simulo una llamada y salgo con urgencia. La alternativa que me pareció menos cruel, fue seguirle el juego, porque ¿qué podría decirle al pobre? ¿Cómo enfrentar esa situación si el pobre está loco?
Sin saber muy bien aún cómo proseguir esta reunión, lo miré unos segundos, estaba realmente seguro que existía una Francia y la miraba embelezado, y la escuchaba con atención y yo sin poder creer lo que veía, hasta que me vio y con ello aprovechó de preguntarme:
-¿Y, no te dije?
-¿Cómo? Respondí sin saber de qué me hablaba.
-¡Sus ojos, amigo! ¿Acaso no son los más bellos?
Casi cansado ya con esto, me sentí ridículo al tardar un poco en ubicar su verde mirada intensa, pero la encontré. Eran los ojos más hermosos que jamás había visto. Tenía razón.
Ella lo miró ruborizada y sonrió. Samuel había obviado que su sonrisa también era hermosa.
Pero yo volví a levantarme del sillón porque temí por mi salud mental, me di unas vueltas, restregué mis ojos y volví a mirarlos: ahí estaba: mi amigo, junto a una mujer rubia, delgada; de hermoso busto; de piernas largas y delgadas que nacen de unas caderas prodigiosas; piel blanca, de seductoras pecas en su rostro, labios finos pero carnosos, nariz perfecta, de postura elegante. Samuel no exageraba en su descripción.
Francia y Samuel se miraban angustiados, asustados por mi reacción. Para no alarmarlos más aún me senté de nuevo.
- ¿Qué pasa?- me preguntó Samuel.
- Es que realmente tiene los ojos más bellos que haya visto, respondí con una leve sonrisa.
Con esa respuesta, advertí que Francia se sintió más cómoda, se sentaron aliviados y comenzó a hablarme del problema que la había retrasado y yo mirándola. Después que la locomoción estaba muy lenta y yo comencé a sentirme atrapado por la belleza de su rostro. Y no tan solo eso, sino también por su piel tersa. Sus manos, el cuidado de ellas y sus uñas. Su voz encantadora y suave. Y es que también era amena, divertida, en fin era la mujer de mis sueños, la mujer más hermosa. Tanto que se olvida fácilmente su inexistencia.
Me enamoré de ella ahí mismo, al instante. Sutilmente, averigüé de ella sus direcciones laboral y residencial. Qué cosas le gustaba hacer, si iba al cine, si le gustaba pasar a los café. Sus gustos en comidas y todas esas cosas, para idear un plan de conquista.
Como dije, me enamoré de Francia y no podía dejar de mirarla, de agradecer su sonrisa.
No me importa ya que sea la mujer de mi amigo. Tarde o temprano se dará cuenta que Samuel está loco y ahí estaré yo.
Confieso también, que comencé a odiar a Samuel por la suerte que tuvo de encontrarla. Ya no me causaba gracia sus bromas y me indignaba que la interrumpiera cuando hablaba. Pero ella, como una dama que es, nos daba tiempo a ambos, con su atención, con su mirada y con su sonrisa.
Sufrí cuando comenzaron a arreglarse para retirarse y al momento de irse, Francia me dijo que esperaba verme pronto y me besó, muy cerca de los labios, para salir y esperar afuera a Samuel, quien poniéndose su chaqueta, me dijo:
- Gracias por ser tan acogedor con ella y tan buen anfitrión.
Afuera ya, se vuelve y me dice suavemente:
-¿Viste que es especial?
Yo le guiñé el ojo y moví la cabeza afirmativamente. Luego entré y me senté feliz.
Sonreía al saber que la mujer de mis sueños había aparecido en mi vida y comencé rápidamente a ver cómo sería mi próximo encuentro con Francia.
Su aroma tan especial me acompañará hasta ese día. Y es que no puedo darme el lujo de perderla ahora que la he encontrado. La miraré a los ojos, sin apuro; la tomaré de la mano y le diré que quiero llevarla donde las estrellas bajan al mar, para confesarle ahí, que estoy enamorado de ella, que siempre la había esperado y que no me importa que sea la mujer imaginada de Samuel.
El baño
Desde un principio algo lo detuvo ante esa puerta.
Como si una extraña fuerza le dijera: no entres.
Cuando llegaron por primera vez a la oficina, notó enseguida que el baño destacaba por sobre todo ese amplio recinto, parecía un rectángulo sobrepuesto en la esquina de uno mayor. La armonía no existía en aquella sala.
Los días pasaron y él seguía su instinto que le impedía entrar en el baño. No lo logró por mucho tiempo.
Con recelo abrió la puerta. Para su sorpresa y como prueba a su intuición, el estrecho lugar no tenía ventana ni otro tipo de ventilación.
Dicha sorpresa, se convirtió en una especie de rabia y espanto al descubrir los cables eléctricos a la vista. Tendría que sentarse a oscuras y ya no lo podía evitar.
Sintiendo que su malestar y antipatía hacia el baño era reciproco, se sentó. Un momento después, más tranquilo, comenzó a razonar al respecto. En medio de aquella odiosa oscuridad, concluyó que su infantil miedo de entrar al retrete estaba mal fundado. Luego arregló sus ropas, mojó su rostro a tientas para espantar las malas vibraciones que pudieran quedar y después de secarse de memoria, se paró frente a la puerta para salir.
Extendió el brazo en busca de la manilla cuidadosamente para evitar un choque eléctrico con los cables. Siguió intentando a ciegas, girando y volviendo a girar sobre sí mismo para alcanzar la famosa cerradura y no tocaba nada.
Tal situación comenzó a afectarlo, recorriéndole un frío temblor; no obstante, procedió a avanzar con lentitud para encontrar la salida sin golpearse con la pared o la misma puerta, uno, dos, tres pasos y nada, ningún obstáculo. Se devolvió con paso seguro y continuó haciéndolo cuatro, cinco, seis pasos más.
El pánico comenzó a invadir su aparente calma cuando no encontró la taza, que hacía un momento lo había sostenido.
Corrió en busca del lavamanos y nuevamente nada.
Rápidamente, su mente recorrió diferentes explicaciones en un intento de poner fin a tal situación; sin embargo no halló ninguna.
Se siente como en el aire, como en el infinito.
El terror lo esta consumiendo y sólo los gritos de auxilio apaciguan en parte, su histeria. Grita y grita, pero nadie responde excepto el silencio.
(A)Parición
Tu madre ha esperado por tí, lo mismo que tú para nacer.
Las ansias de salir provocan en tu madre las dolorosas, pero esperadas contracciones.
Ella sabe que estás ávido de vivir nuevas emociones, de ver otros entornos, otros ambientes. Que quieres experimentar otras sensaciones, otros sentimientos. Que quieres ser partícipe de tu vida, de tu otra realidad.
Ella, procurará tu nueva vida silenciosamente, ideará tus situaciones, proporcionará tus gustos, tus necesidades, tus deseos.
Ahora que ha llegado el gran día, está dispuesta a darte todo esto, todo lo que ha planeado para tí.
Te hará olvidar las reminiscencias de tu vida anterior, para que no estorben tu nueva realidad. Porque los viejos temores, te harán vacilar cuando camines por lados oscuros, cuando la noche te amenace con la soledad. En tu primera vez, al mirarte y no encontrarte; cuando vueles, cuando te desplaces a la velocidad de la luz, al saberte inmortal.
Estas son las últimas pujadas, sólo debes acomodarte y adoptar una postura relajada para lograr un buen nacimiento.
Ven, ya estás preparado para vivir lo que tu madre te promete.
A lo largo de este nuevo destino que te entrega, aprenderás el significado de muchas cosas.
Ajeno a la muerte, vivirás cuanto te otorgue.
Estará allí, siempre allí. Presente o tácitamente. Como el angel de la guarda con su niño, como un guía y su discípulo, como una madre y su hijo, como un amante, como la conciencia.
Ahora que sueltas los últimos hilos que te atan a tu vieja imagen, búscala como ella lo hace, con los ojos, con los brazos, con los dientes.
Acurrúcate bajo sus alas. Siente su calor maternal.
Bésala, sin temor abraza su cuerpo ambiguo. Ella te huele y acaricia con sus garras tu suave piel. Te lame para limpiar tu nueva figura de restos de viejas envolturas. Te acerca a su escamada forma y sus garras comienzan a dañar tu pellejo.
Crees que es amor efusivo, que está feliz de tenerte, de ser madre.
Pero sus colmillos también comienzan a desgarrar tu piel, no son besos colmados de alegría.
No eres el primogénito, ni tampoco serás el último en nacer, pero es una regla natural de tu especie, que tu madre comience a devorar tu cuerpecito, aún con más ansias que en tu alumbramiento.
Después de todo, es la única manera de cumplir con su promesa: el inicio de tu nueva vida.



