El hombre piedra
Ya amanece en la ciudad. La claridad sepia deja ver las vías; los edificios; la gente que comienza un día más de trabajo. Todo hace pensar que el día será igual a todos, el mismo tedio.Sin embargo en una intersección de vías, comienza a generarse un embotellamiento.Los vehículos ya inician sus descargos con las bocinas, y más adelante el público se amontona alrededor de algo.La gente está curiosa. Unas personas ven hacia el asfalto de la calzada, otras hacia arriba, como si el día, tuviera la respuesta.Nadie hace comentarios aún. Están desconcertados. Algunos automovilistas bajan de sus vehículos para observar. Otros, se dirigen hacia el centro de atención, para saciar la curiosidad y saber qué causa el taco descomunal que se ha producido.El señor Olivares hace lo mismo. A pesar de no ser curioso, tiene necesidad de ir al trabajo con fluidez y esto debe ser grande pues la gente se agolpa. Si hasta las bocinas han dejado de reclamar. Deja bien cerrado su vehículo y se va hacia el grupo de gente que sigue amontonándose. Mientras más se acerca, más comentarios escucha.Personas que no lo pueden creer. Personas que critican lo que ocurre, otras que tratan de explicar lo sucedido, aunque no se explican qué hace en medio de la calzada.El señor Olivares se acerca al último cordón de gente y mira hacia abajo.La sorpresa es grande: un hombre de mediana edad yace en el asfalto.El hombre viste un elegante traje oscuro, corbata de colores claros, camisa blanca resplandeciente, mocasines de gran brillo. Todo lo cual choca ante la posición en que el hombre se encuentra.Su costado derecho en el suelo, su brazo izquierdo doblado hacia atrás y el otro hacia delante. Su pierna izquierda doblada hacia atrás y la otra hacia delante. Como si hubiera caído de un piso de mayor altura. El señor Olivares imaginó que el señor corría y así quedó. Sin embargo, los edificios circundantes distan del hombre en el piso unos catorce metros a cada vereda. Tampoco es un paso de cebra. Tal vez cayó de su vehículo o alguien lo lanzó del mismo al pasar.Paradójicamente con su posición, el asfalto no delata color alguno, es decir no hay sangre. Además el hombre parece cómodo.El señor Olivares pregunta si ya han tratado de moverlo. Todos los que le escucharon negaron con la cabeza, nadie habló. Como si tuvieran miedo a algo.El señor Olivares lo mira y se da cuenta que los ojos del hombre en el piso se dirigen a él. Su mirada es serena y no acusa dolor ni miedo. Algo lo retiene para ayudarlo a ponerse de pie. Sus labios se mueven imperceptiblemente, pero el señor Olivares lo advierte.Va en contra de todos y se encamina a ayudarlo. Los demás lo miran asombrados. Nadie está dispuesto a ayudar, ni siquiera cuando el señor Olivares recorre a todos con su mirada. Se resigna y se acuclilla. Lo mira, el hombre ya no lo ve, su mirada está en otra dirección. El señor Olivares lo estudia, quiere saber dónde tomarlo, para no lastimarlo más. Opta por preguntarle.No hay respuesta.El señor Olivares busca sus ojos. le="font-family: ’trebuchet ms’, geneva;">Está consciente, pero no responde. Los labios del hombre en el suelo continúan moviéndose imperceptibles.El señor Olivares se acerca, no oye. Se acerca más, no logra oír nada. Se acomoda para dejar su oído cerca de la boca para poder oírle.Solo escucha un susurro. Vuelve a mirar hacia el círculo de curiosos que reflejan ansiedad por saber qué pasa. El señor Olivares decide tomarlo sin más.Se acomoda a la espalda del hombre y hunde su brazo bajo el brazo del hombre y el otro bajo la pierna.Se impulsa y cae abruptamente golpeando su rostro en el pavimento. La gente ha retrocedido tres pasos más, junto a una exclamación. El señor Olivares se levanta rápidamente y lo mira incrédulo. Lo observa nuevamente, se vuelve a la gente para que le ayuden pero no parecen dispuestos a ayudarlo.Después de un rato, se aproxima nuevamente al señor, lo toca y trata de moverlo. Imposible, el señor es una roca: está duro y frío. Como si fuera parte del pavimento.El señor Olivares trata de entender qué pasa.Reflexiona, pero nada logra satisfacer su duda. Impotente, busca una respuesta en el cielo color sepia. La tenue claridad y las pocas nubes amarillas, le indican que el ventarrón de la tarde semanal está cerca. Lo que quiere decir que al señor hay que sacarlo antes de dos horas más o menos, porque la fuerza de este viento puede moverlo y dañarlo.Pero cómo hacerlo si no se puede mover.La gente lo sigue con la mirada, mientras el señor Olivares piensa dando vueltas alrededor del señor en el piso. Está seguro que hay una respuesta, pero no sabe dónde encontrarla.De pronto saca su móvil y llama a una grúa. Se da cuenta que la policía no aparece, como siempre ocurre; cuando más se le necesita… También los llama. Llama a la ambulancia, para que vengan a verlo. Lo más probable es que esté paralizado, pero porqué tan rígido.Dos hombres se le acercan para prestarle ayuda y lo intentan. Lo rodean, se acomodan y a la cuenta de tres, tratan de moverlo. Los tres se esfuerzan hasta cambiarles de color la cara y hacerlos sudar. Pero el señor no se movió un centímetro.Los hombres quedan exhaustos. Aparecen más hombres para ayudar y llegando a la veintena, la esperanza del señor Olivares aumenta. Todos deslizan sus manos bajo el señor y a la cuenta de tres tiran hacia arriba uno, dos, tres, cinco, diez segundos y nada. No pueden moverlo y todos los que participan quedan cansadísimos.Todos los observadores abren paso y aparece una gigantesca máquina. El chofer no puede creer que lo llamen para levantar el cuerpo de un hombre y vivo. El señor Olivares le explica. Aún incrédulo le entrega el cable para poder levantarlo. El señor Olivares lo hace, pasa el cable por entre el señor del piso. Toma el gancho, lo adhiere en el cable y luego le avisa al chofer que está listo. Éste pone en marcha la camioneta y avanza poco a poco. El cable se estira y repentinamente frena la camioneta. Toda la fuerza de la máquina trabaja para poder levantar al señor. De pronto, un chasquido indica que el cable se corta y el público se cubre. Un accidente de proporciones ha ocurrido, pues hay gente sangrando ya que la parte del cable que viene de la grúa, se agitó lo suficiente como para alcanzar a algunos curiosos, los más cercanos, entre ellos el señor Olivares.Al llegar la ambulancia y la policía se preocuparon de atender a los heridos. Del señor que yace en la calzada nadie quiere ocuparse. Parece que es un estorbo. Como el ventarrón ha llegado ya al pick de su fuerza descomunal, los ilesos huyeron.Ahora he quedado yo solo, mirando a este señor. Todos los demás se han ido con los heridos ¡si hubo hasta heridos graves!. Yo también trato de entender mientras lo miro y el viento pasa por mi rostro, haciendo sentir su furia. Yo, ya acostumbrado a este viento, me fui allegando a un recodo del edificio del frente. En unos minutos ha tomado la fuerza acostumbrada; como si de un tornado se tratara.Me sobresalto al ver al señor que su cabello y sus ropas se mueven enérgicamente, como con rabia, como si quisieran golpearlo…Pronto sus ropas se ajan y vuelan lejos llevadas por el viento, que al llegar a su clímax desnuda completamente al señor; su piel comienza a volar como granitos de arena, finísimos granos de arena. El asombro va abriendo mis ojos, tiemblo y me aferro al hormigón de la construcción. El señor se va con el viento; en realidad el viento lo deshizo.



