Tercer Momento
Cada vez que recuerda el momento más feliz que le ha dado la vida, sonríe con un placer nuevo, que parece no conocer, porque de verdad parece que nunca más fue tan feliz como en ese momento.
¿Será que sólo ahí, en la cuarta década de su vida, asomó la felicidad para quedarse un rato? tal vez hizo algo en esta vida que le valió de premio ese ratito de felicidad.
Recordarlo ahora serenamente, sin esconderse de nadie, ni huir de lugares comunes, es realmente grato.
Ha pasado una gran cantidad de años y aún recuerda esos ojos. Recuerda el milagro de su nombre, cómo no: Loreto. Y el sentimiento que lo envuelve es el mismo, incluso aún siente esas maripositas en la panza; ese ligero temblor; esa ansiedad por saber ¡qué cresta va a pasar!
Nada podía hacer, no podía comenzar otra actividad porque no podría concentrarse. Lo cierto es que todo su cuerpo y mente estaban concentrados en la visita de ella. La primera vez que se verían cara a cara o mejor dicho, que ella lo conocería porque él ya la sabía.
Son recuerdos que no olvida, ningún detalle, todo está ahí, tal como fue. Ama recordar esa escena y al hacerlo no omite nada, ni cambia, ni agrega nada en su mente; deja seguir el recuerdo de todo lo que pasó sin oponer resistencia alguna y es que fue todo tan de ensueño. Así como su voz, cargada de una dulzura que se podía saborear, enriquecida con los matices propios de la coquetería femenina, femenina como su andar.
Sí, verla caminar siempre fue una delicia: de paso firme pero cadencioso sin mayor contorneo, como una modelo sobre la pasarela.
¿No será que su memoria, en estos años le ha ayudado a sobre valorar la imagen de esa mujer?
Pero instantaneamente se responde que no. Él no mueve nada en sus recuerdos acerca de ella, mucho menos en ese momento. Recuerda exactamente qué vestía aquella vez, toda de negro, esbelta, bella, elegante.
Sabe que ahora no viene al caso, pero de eso sí se arrepiente: no recuerda haberla piropeado. Y debe ser cierto porque él no ha perdido nada en su recuerdo de ese día; tal vez de otros recuerdos de Loreto, de otras situaciones, haya olvidado algunas cosas, pero de ese día está completamente seguro que no olvida nada.
Cómo podría olvidar sus ojos por ejemplo, está seguro que ella es la única que tiene ese par de ojos, con esa forma y de ese color.
Aunque ya hay alguien que tiene idénticas características en los ojos, los más bellos eran de ella.
Aún ahora es fascinante recordarla.
Aún ahora que no está.
Aún ahora, que recuerda cómo sufrió al momento de su partida.
Es cierto que ya no está con él, pero los cielos han ganado otro ángel.
Es cierto que ya no está con él, pero pronto abrirá la puerta, esa personita que le da otra razón de vivir: su adorada hija Micaela y lo mirará con esos verdes y hermosos ojos que heredó de su madre.
La protesta
¡Cómo desea protestar! ¡¿Pero a quién?! ¡¿Quién le va a escuchar?!
Si solo pudiera aullar como esos perros que no se quedan callados, sin respetar el dolor ajeno. Le da una patada a ese macetero que solo tiene tierra y ahora, después de la última lluvia algo de agua, que cae en gotas al piso.
Como sus lágrimas, no se da cuenta que llora porque la rabia lo tiene atrapado en su odio. Sabe que no puede culpar a nadie, está conciente que evitó en todo momento dolores a terceros, por lo menos a todos sus cercanos, para poder estar con la persona que ama. Es cierto sí, alguna vez dijo que prefería sufrir él mismo antes de ver sufrir a otros por algo que él ocasionó. Y que tampoco es tanto. La verdad es que ha evitado ocasionar cualquier tipo de sufrimientos, de altercados, de palabrotas, incluso de vergüenzas, sin embargo este descriterio de la vida para con él, lo considera una injusticia.
Cuando una persona está practicando un deporte y el resultado es favorable al contrincante, expulsa la rabia, gritando, maldiciendo, garabateando, incluso puede llorar al finalizar el encuentro. Ahora necesita desahogarse, pero ha hecho todo aquello y continúa sin satisfacer su demanda. Necesita sentirse acogido, apoyado y por ende, conseguir consuelo.
Aunque también le parece urgente recordarla y tal vez así reducir el dolor que lo consume sin poder explicarse siquiera el por qué. Necesita tener a alguien frente a él y confrontarlo.
¡¿Qué mierda le ha pasado?! ¡¿Acaso anda con una nube negra sobre su cabeza?!
Tiene ganas de gritar, de golpear. Entra y se dirige a la pequeña bodega bajo la escalera; desde allí extrae su saco para golpear. Lo tira con rabia y se muda de ropa. Se lleva el saco a la terraza y lo cuelga de una viga, preparada ya para tal ocurrencia; comienza a verse la luna, la mira y reflexiona con alguna calma, y no logra entender cómo justo después de luchar por tanto tiempo contra todos, de enemistarse con muchos amigos; justo cuando la vida comenzaba a sonreírle, ahora que estaba con la mujer a quién había dedicado gran parte de esta lucha, la misma a quién había entregado su alma, desaparece de su vida.
¡¿Qué pasó?! Y envía el primer golpe al saco.
Luego otro y otro y se levanta y se pone en guardia y continúa luchando contra ese saco que parece cobrar vida, porque le devuelve golpes y hasta esquiva los suyos. Jadea, a veces gime y otras gruñe, y el saco esquiva y devuelve golpes, pero él ruge su protesta con dientes apretados sin dejar de golpear, con rabia, con impotencia, hasta que el cansancio lo hace abrazar el saco lanzando bofes.
Mientras trata de normalizar su respiración, huele en el aire olores que le recuerdan que debe comer. En cambio llora; cierra sus ojos con fuerza para que las lágrimas salgan sin pudor, llora amargamente, llora mucho. Luego abre los ojos entre sollozos y por un momento la paz de ver la luna lo hipnotiza, pero el deseo de quejarse continúa y recuerda que alguna vez leyó el cuento “Matar al amor”, donde un chico desilusionado del amor va en su búsqueda, acompañado de su fiel padre para darle muerte. Y así se siente, desilusionado, engañado por el amor y por la mujer de quien se enamoró, porque le prometió que estarían juntos siempre. Se agacha y bebe con desesperación del macetero, luego con ira y cómo no, si la luna se refleja en el agua y está tan indiferente a su necesidad que la engulle, la muerde y la bebe casi hasta ahogarse, con el fin de hacerla desaparecer, y es que no puede haber ya nada hermoso si el concepto de belleza murió con su amada.
Al incorporarse reconoce con rabia que tampoco es de la luna la culpa. Tal vez él mismo, en su afán de arreglar y corregir errores; de enmendar vidas, de cooperar para que todo fluyera positivamente, fue acorralándose al punto de quedar sin movimiento y por ende solo. Y reclama, se reclama a sí mismo, si hasta se oye gruñir como un perro enrabiado.
Nadie se lo puede prohibir o negar ¿Cómo es posible que obrando de buena fe toda la vida, le respondan de esta manera? ¿Y a quién le reclama? ¿A la vida? ¿A Dios? ¡Si ni siquiera existe Dios! ¡Cómo desahogarse entonces; con quién!
Necesita hacerlo, tal vez no encuentre respuestas, pero necesita sentirse aliviado. Refunfuña, resopla y con otro gruñido se lanza directo al saco y lo muerde fieramente, casi cuelga de él pero no lo suelta y lo mueve en sus fauces con brutalidad, como si destrozando el saco su vida retomara el rumbo deseado y por el cual luchó tanto. Es instintivo ya destrozar ese saco, para que vuelva su hembra.
Finalmente el saco ya no sirve para nada y lo suelta jadeante, pero sin dejar de gruñir, de rabia o de dolor. Ha caído de cansancio y en cuatro patas, parece desfalleciente pero aún continúa con rabia. El saco ya no existe y su sed de explicaciones continúa sin ser atendida; pero qué más puede hacer. Bebe otro poco de agua y vuelve a ver el reflejo de la luna; esta vez sus ojos tristes la buscan en el espacio; la observa en silencio y advierte que los aullidos de otros animales intentan una conexión con la luna. Huele el ambiente y de pronto la rabia se transforma en una especie de antídoto y se sienta cansado, con la lengua afuera y allí, en ese preciso momento aúlla. Sí, aúlla. Lo hace desde lo más profundo de su ser. Aúlla con fuerza; con tanta propiedad y argumento, que los demás animales oyen su queja en respetuoso y civilizado silencio.
Por un saco de arena
Llegué más temprano hoy, para terminar un tedioso e interminable proyecto. Siempre me costó más comenzar, que dibujar el mismo. Aquí estoy, sin poder comenzar, mirando por el ventanal hacia el seco estero que, sin embargo, se ve hermoso dentro de la ciudad. Me distraigo con el hilillo de agua que corre hacia el mar, con algunos caballos que deambulan por pastos frescos, con personas que buscan oro, etcétera.
Mi vista se detiene en un hombre que, solitario en todo el estero, extrae arena fina. Tiene una especie de colador gigante con la cual separa los granos gruesos de la arena que está recolectando. Lleva varias horas en lo mismo, entierra la pala en el río y deja la arena en la caja cedazo.
La mayor profundidad del río no excede de los treinta centímetros. El hombre saca la arena de allí.
Sufro al verlo; su edad ya no le permite acelerar el trabajo. Pero lo entiendo, aunque se sufre al verlo. Cada palada es un dolor en su espalda. El sol facilita el sudor y cada diez minutos descansa. Se echa agua en la cabeza, sobre su gorro de lana y luego refresca su cuerpo. Un cuerpo dolorido, sudado y viejo, pero aún con fuerzas para acarrear la arena.
Una vez que el cerro de arena fina está listo, vuelve con su pala y la mete a un saco de cemento. Lo coge lanzando una mirada al cielo, como pidiendo fuerzas para aguantar el cruce del cauce con el saco al hombro. Lo impulsa, lo abraza y luego con mucha dificultad lo deposita en su hombro. Un gesto de gran esfuerzo sale de mi rostro automáticamente.
Así, a pie pelado y con un peso nuevo, comienza a caminar hacia la orilla, sin dejar de enfocar con su mirada el afluente al que se dirige. Debe cruzar muchas arterias pequeñas del río a lo ancho de su lecho. Sus pies están exhaustos. Ya ha hecho lo mismo, muchas veces esta mañana.
Sólo piensa en una cosa: poder llegar al otro lado del río. Como yo: poder terminar este proyecto.
Frente a esa arteria, la más profunda, tiembla. Observa severamente el agua, como buscando algo, como que necesita ver a un adversario que es a quién se enfrenta, para poder cruzar.
Mete los pies al agua y reza para atravesar por fin su saco al otro lado. Es lo único que desea.
Y de repente me sorprendo deseando lo mismo.
El ancho de esta arteria debe ser de unos dos metros, su mayor hondura debe andar por los veinte centímetros, el hombre ya está en el medio, sus pies aún soportan y tantean las piedras del fondo para evitarlas, pero muchas veces es en vano.
Cree que ya lo logra, pero de pronto lo adivina y el fondo lo succiona hasta no verse.
Una impotencia me golpea con fuerza, estoy de pie, casi pegado al vidrio del ventanal.
El chapoteo es desesperante. Trata de no ahogarse y no perder su arena nuevamente. Pero da vueltas y vueltas, da tantas vueltas que se oye su opresión. Y el agua lo arremolina. La arena cae por doquier. Emerge y se hunde, a veces se le ve retorcerse abrazado a algo. Otras veces se ve dentro de este algo como estrangulado, hasta que vuelven a sumergirse.
Inesperadamente, todo se calma. El saco vacío y el gorro de lana bajan lento sobre el agua, siguiendo la corriente.
Me vuelvo a sentar, aliviado por ver el fin de la lucha.
El hombre fatigado, de rodillas vuelve al borde de donde venía. Una vez fuera, se estira en el suelo. Golpea con rabia la tierra. Se sienta frente a ese inofensivo afluente. Se queda así por un largo rato, estudiándolo, odiándolo, pero comprendiéndolo.
Con paso débil y cansino, va en busca de su gorro de lana y el saco; volvió al lugar inicial de su labor. Tomó la pala y comenzó a extraer arena.
Espero poder terminar mi proyecto, una vez que el hombre cruce con su saco.
Por tocarla
Me dirijo donde está el amor de mi vida. Siempre estuve enamorado de ella, desde que la conocí.
Incluso antes de conocerla, ya la soñaba. La besaba así, como siempre la besé: limpio, con pasión.
Su mismo abrazo lo he sentido desde siempre, con la presión precisa para sentir la calidez de sus manos, su cara; la tibieza de su piel, su pelo; para rozar sus caderas pequeñas pero sensuales, sentir sus pechos erguidos.
Siento que toda mi vida viví sumido en este sentimiento. Como atrapado entre la nostalgia y el amor; la angustia y la pasión retenida. Como ahora, que me siento atrapado entre esta tierra y el cielo, o entre ella y lo divino.
Sin embargo así es como mejor me siento, porque veo más clara mi vida. Así puedo entender ahora, que haya dedicado tanto tiempo a pensar en ella, todo ese tiempo. Era necesario hacerlo pues el fin de mis días se acercaba. Sí, ahora lo entiendo.
Lo hacía tanto, y tan seguido, que podría haberme vuelto loco mucho antes de morir. Si ahora miro hacia atrás me resulta increíble haberla pensado a cada rato, haberla imaginado tanto; recordado, y amarla en el tiempo, sobre todo haberla amado en el tiempo.
Así que aquí voy, me dirijo hacia ella, persiguiendo su aroma. Su perfume no ha horadado tanto en mí como su aroma, su propio aroma.
¡Pero si antes de su llegada sabía que se aparecería gracias a su aroma! Aún así, me producía una especie de vértigo y mi estómago subía y bajaba cada vez que la veía.
Ya casi llego y la sensación es similar, sin contar la alegría que embarga a mi espíritu. Como si el tiempo no hubiera existido, aunque de hecho ha transcurrido mucho tiempo; como sea, su imagen la tengo tan bien grabada dentro de mí, que puedo jurar que nunca he dejado de verla. Ni un solo día, nunca.
Allá voy.
Y me imagino tocando su cara, sus manos. Porque tampoco he olvidado el placer que me produce tocar su piel. ¡Qué daría por tocarla de nuevo! Nunca le dije nada cómo me encantaba tocarla. Como por ejemplo al envolver su rostro con mis manos, despejar su frente de cabellos desordenados y contemplarla así por un instante; sabía que al pasar ese momento tan perfecto para mí, volvería al tedio rutinario, debiendo esperar una próxima vez para hacerlo: una eternidad. Otra eternidad.
Pero ya estoy llegando. Atravieso el umbral de su hogar y me dirijo a su habitación donde sé que volveré a verla glamorosa, bella y deseable, como siempre.
Cómo no voy a querer tocar esa piel, mientras dormita y se revuelca remolona entre las sábanas. Juro que no hay nada más cercano a lo celestial que verla dormir, y no es por adular; lo digo con propiedad, ni los ángeles tienen una belleza igual. Y ahora que la miro, recuerdo todas las emociones que perdí por no tocarla cuando debí hacerlo. Y advierto que continúa provocándome estas ganas, que creí muertas también, por tocarla.
Basta con que la yema de mis dedos recorran su piel, para sentir que pierdo la cabeza, los sentidos y mi espíritu.
Marcando su silueta con devoción apostólica, mis dedos graban sus poros y vellos; rugosidades y lunares; ella cree que sueña, mientras mis dedos en su piel continúan reconociendo su cuerpo, pliegues que se estiran, dobleces que se dejan extender, la hendidura que se resiste primero y consiente luego. Mis dedos ya no la sienten pero mi memoria me ayuda. Y la recorren lentamente, rotando en esa hendidura por un momento, y enseguida, continuar recorriendo su cuerpo. Ella se mueve y se tiende de espaldas, y se deja; se da. Sus pechos acogen mis dedos que palpan esos pezones eternos; los recorren sin prisa, muy quedamente, para alargar el sentimiento de felicidad plena, reproduciéndola en mi mente y acariciando su rostro; van grabando la cuenca de sus ojos verdes, su estilizada nariz, la delicia de sus finos labios carnosos.
Desordenan su cabello, bajan una vez más a sus senos y abarcan cada uno de ellos nuevamente con cuidadosa pasión, se quedan un rato en el centro de ellos palpando y apretando, acariciando, sobre todo acariciando.
Y vuelven a sus poros, a sus rugosidades y pliegues, a su hendidura especialmente, que ya está más dúctil, más tibia y en la medida que mis dedos rotan, más húmeda y dispuesta se vuelve. Sus piernas se abren delicadamente, perezosas, sutiles. Reciben mis dedos con un leve movimiento; tenue, muy tenue, y le cuesta controlar la respiración, porque mis dedos vuelven a su hendidura y vuelven a rotar. Su rostro resplandece y cuanto más rotan, más radiante y su cuerpo acusa más estremecimientos, porque sueña conmigo; y mis ojos se nublan y yo creí que ya no podría.
Ahora lleno su cuerpo de mis dedos con delirio y sus pies pequeños y delicados los alberga por un momento; luego busco su espalda y la vuelco para acariciar sus suaves y blancas nalgas y en medio del frenesí de mis dedos, encuentran su hendidura. Por un segundo se corta su respiración, sus movimientos se paralizan y sus ojos quieren ver, pero se cierran y de nuevo rotar lentos y ella vuelve al jadeo, y yo que quisiera linda.
Pero persisto, porque su felicidad es la mía y siento que caen mis lágrimas emocionadas y mis dedos continúan rotando, entrando y saliendo, cada vez más rápido, cada vez más húmedos y es la emoción que me nubla y moja mis mejillas, porque creí que yo ya no y ella sí; y aquí está, hermosa, soñando que es feliz y yo haciéndola feliz hasta que ese pequeño grito la induce a girar y quedar de lado con las piernas encogidas.
Entonces acaricio su espalda, su cuello, sus hombros. La abrazo, sé que no me siente, pero la abrazo con vehemencia. La abrazo por completo, y mi cuerpo entero la toca y mi alma se maravilla y su piel se funde con la mía; y hundo mis dedos en ella; hundo mi lengua en sus labios, hundo mi hombría acabada ya en su vivaz matriz; manoseo sus senos y los siento grandiosos y yo mismo me siento gigante con ella y el placer le provoca espasmos involuntarios, los que provocan que se incorpore impresionada.
Me ha adivinado y yo detengo este deseo fantasmal.
Mecánicamente salto de su cama y la miro de pie. No quiero asustarla. Ella se ha sentado en su cama y mira a su alrededor confusa.
¡Qué hermosa es!
Ella ahí, a mi lado y no me puede ver, ni oír. Se acomoda ya más tranquila pero expectante. No se cubre.
Quisiera poder tatuar con mi propia sangre sobre su piel y registrar en sus sábanas y almohada, versos y poemas que le digan que estuve allí, que nunca me he ido de su lado; para que cuando duerma pueda soñar que yo mismo se lo digo; para que sepa que este alejamiento no es eterno. Haría cualquier cosa por estar junto a ella para siempre. Por tocarla. ¡Cómo necesito tocarla!
¡Cómo necesito que me mire a los ojos, para resucitar!
Y amarla; sobre todo amarla.
(A)Parición
Tu madre ha esperado por tí, lo mismo que tú para nacer.
Las ansias de salir provocan en tu madre las dolorosas, pero esperadas contracciones.
Ella sabe que estás ávido de vivir nuevas emociones, de ver otros entornos, otros ambientes. Que quieres experimentar otras sensaciones, otros sentimientos. Que quieres ser partícipe de tu vida, de tu otra realidad.
Ella, procurará tu nueva vida silenciosamente, ideará tus situaciones, proporcionará tus gustos, tus necesidades, tus deseos.
Ahora que ha llegado el gran día, está dispuesta a darte todo esto, todo lo que ha planeado para tí.
Te hará olvidar las reminiscencias de tu vida anterior, para que no estorben tu nueva realidad. Porque los viejos temores, te harán vacilar cuando camines por lados oscuros, cuando la noche te amenace con la soledad. En tu primera vez, al mirarte y no encontrarte; cuando vueles, cuando te desplaces a la velocidad de la luz, al saberte inmortal.
Estas son las últimas pujadas, sólo debes acomodarte y adoptar una postura relajada para lograr un buen nacimiento.
Ven, ya estás preparado para vivir lo que tu madre te promete.
A lo largo de este nuevo destino que te entrega, aprenderás el significado de muchas cosas.
Ajeno a la muerte, vivirás cuanto te otorgue.
Estará allí, siempre allí. Presente o tácitamente. Como el angel de la guarda con su niño, como un guía y su discípulo, como una madre y su hijo, como un amante, como la conciencia.
Ahora que sueltas los últimos hilos que te atan a tu vieja imagen, búscala como ella lo hace, con los ojos, con los brazos, con los dientes.
Acurrúcate bajo sus alas. Siente su calor maternal.
Bésala, sin temor abraza su cuerpo ambiguo. Ella te huele y acaricia con sus garras tu suave piel. Te lame para limpiar tu nueva figura de restos de viejas envolturas. Te acerca a su escamada forma y sus garras comienzan a dañar tu pellejo.
Crees que es amor efusivo, que está feliz de tenerte, de ser madre.
Pero sus colmillos también comienzan a desgarrar tu piel, no son besos colmados de alegría.
No eres el primogénito, ni tampoco serás el último en nacer, pero es una regla natural de tu especie, que tu madre comience a devorar tu cuerpecito, aún con más ansias que en tu alumbramiento.
Después de todo, es la única manera de cumplir con su promesa: el inicio de tu nueva vida.
El baño
Desde un principio algo lo detuvo ante esa puerta.
Como si una extraña fuerza le dijera: no entres.
Cuando llegaron por primera vez a la oficina, notó enseguida que el baño destacaba por sobre todo ese amplio recinto, parecía un rectángulo sobrepuesto en la esquina de uno mayor. La armonía no existía en aquella sala.
Los días pasaron y él seguía su instinto que le impedía entrar en el baño. No lo logró por mucho tiempo.
Con recelo abrió la puerta. Para su sorpresa y como prueba a su intuición, el estrecho lugar no tenía ventana ni otro tipo de ventilación.
Dicha sorpresa, se convirtió en una especie de rabia y espanto al descubrir los cables eléctricos a la vista. Tendría que sentarse a oscuras y ya no lo podía evitar.
Sintiendo que su malestar y antipatía hacia el baño era reciproco, se sentó. Un momento después, más tranquilo, comenzó a razonar al respecto. En medio de aquella odiosa oscuridad, concluyó que su infantil miedo de entrar al retrete estaba mal fundado. Luego arregló sus ropas, mojó su rostro a tientas para espantar las malas vibraciones que pudieran quedar y después de secarse de memoria, se paró frente a la puerta para salir.
Extendió el brazo en busca de la manilla cuidadosamente para evitar un choque eléctrico con los cables. Siguió intentando a ciegas, girando y volviendo a girar sobre sí mismo para alcanzar la famosa cerradura y no tocaba nada.
Tal situación comenzó a afectarlo, recorriéndole un frío temblor; no obstante, procedió a avanzar con lentitud para encontrar la salida sin golpearse con la pared o la misma puerta, uno, dos, tres pasos y nada, ningún obstáculo. Se devolvió con paso seguro y continuó haciéndolo cuatro, cinco, seis pasos más.
El pánico comenzó a invadir su aparente calma cuando no encontró la taza, que hacía un momento lo había sostenido.
Corrió en busca del lavamanos y nuevamente nada.
Rápidamente, su mente recorrió diferentes explicaciones en un intento de poner fin a tal situación; sin embargo no halló ninguna.
Se siente como en el aire, como en el infinito.
El terror lo esta consumiendo y sólo los gritos de auxilio apaciguan en parte, su histeria. Grita y grita, pero nadie responde excepto el silencio.
La mujer imaginada
He vuelto a comunicarme con varios amigos, de los que no tenía noticias desde mi juventud, incluso desde mi infancia con algunos. Uno de ellos es Samuel, un tremendo amigo que tuve en mi juventud, con quien nos gustaba hacerla de conquistadores, con muy buenos resultados. Ahora mi amigo está completamente enamorado.
Un día me contaba telefónicamente, maravillas acerca de su mujer y confieso que alguna envidia se apoderó de mí cuando, inocentemente creo yo, me describió físicamente a su pareja, la Francia. Yo lo interrumpí para preguntarle si en lo personal era tan atractiva como en lo físico y me comentaba que era una mujer dulce, amorosa… Volví a interrumpirlo para que dejara de fastidiar. Era imposible que existiera, puesto que se acercaba mucho a mi ideal de mujer y los ideales no existen. Fue cuando comenzó a evadir extrañamente, mi invitación a ambos, para una cena en mi casa; así aprovecharía de volver a ver a mi amigo y de conocer a Francia.
La primera vez, recuerdo que enmudeció un largo rato. Cuando respondió, fue para decir que lo llamaban por el celular y cortó.
Después de eso volvimos a hablar muchas veces y siempre quedaba mi pregunta en el aire. Ya no sabía qué pensar y divagué con muchas conclusiones. Muchas decían relación con su seguridad. Los celos, pensaba yo, identifican enseguida al inseguro. También pensé que él pudo exagerar las descripciones acerca de Francia y ahora se sentía acorralado. Podría ocurrir incluso, que no quisiera continuar nuestra amistad sino sólo por teléfono, no se por qué pero ¿qué podía pensar?
Incluso llegué a pensar que él ya se había negado, que yo no oí esa respuesta y que ahora, al repetírsela y parecerle majadero consideraba un irrespeto volverse a negar, para lo que creía mejor no responderme y colgar luego. En fin.
Un día recordé el momento en que otro amigo nos presentó a su pareja: la Luna. Nosotros éramos muy jóvenes en ese entonces y ella era una chica estupenda. Recuerdo que solo estuvimos un par de horas con ellos, bebiendo café y que fue un momento muy distendido; pero fue suficiente para saber que ella era la referencia a la hora de escoger parejas. Sin embargo, a la hora de la despedida, Samuel se transformó. Su rostro endureció. Su mirada se extravió, cómo olvidarlo. Y una vez que quedamos solos, me confidenció que Luna, había sido su pareja el verano anterior.
Quedé con la boca abierta. Me dio rabia. Pero recordé que Luna había coqueteado conmigo, majaderamente. No me quedó otra alternativa que creerle, pero tampoco le conté lo del coqueteo.
Poco tiempo después, Samuel dejaría de llamarme para juntarnos y salir a divertirnos. Lo atribuí a que en esa época comenzamos a trabajar y el tiempo ya no era lo que nos sobraba. Aún así, su ausencia, que fue alargándose en el tiempo, me pareció extraña. Pero como yo no soy de los que llaman para saber cómo están mis amistades, nunca supe a qué se debía su alejamiento, hasta que perdimos el contacto definitivamente. No obstante amigos en común, me informaron que Samuel había sido ingresado a una clínica siquiátrica por un largo tiempo.
La versión oficial decía que por estrés. La verdadera, que sufría de esquizofrenia.
Claro, yo lo excusé esa vez porque él tenía un cargo muy importante como creativo en la oficina de publicidad donde trabajaba, por lo mismo inventaba muchas historias. Tal vez Francia era una de sus creaciones; pero eso sería una locura.
Sin embargo recordar ese momento, me alertó enseguida para el día que nos viéramos y habláramos de los recuerdos, porque finalmente aceptó mi invitación, con Francia incluida.
Pero ha pasado el tiempo; mucho tiempo, y todo cambia, por lo que espero que sus padecimientos ya no lo acosen. Por lo menos telefónicamente me pareció una persona muy normal. Es más, nunca me pareció anormal.
Llegó el día indicado y yo, afanado en una buena cena, me cercioraba que todo estuviera andando y que mi departamento reluciera. Aún no sé si para recibir a mi amigo o para conocer a Francia. Iba a acomodarme en el sofá cuando el timbre sonó, ya era hora. Al abrir, el rostro de mi amigo apareció llenándome la mente de buenos recuerdos y el abrazo espontáneo y fraterno me indicó que para él también había sido un instante emotivo. Lo hice pasar y sentarse, mientras ambos reíamos y hablábamos atropelladamente; por esto pedí una pausa con mis manos y fui por el sour, que permanecía muy frío, para brindar por el reencuentro y para ordenar la conversación.
Sentados ya en el sofá, comenzamos a preguntarnos por los amigos de juventud, los que aún estaban haciendo lo mismo; los que habían cambiado de rubro; los que han recorrido parte del mundo; incluso recordamos a los que partieron antes que nosotros. Pero los buenos momentos siempre son más y reímos buenamente de aquellas anécdotas que, por lo general tenían que ver con cómo conquistábamos a las chicas…Ahí palidecí, mi rostro mutó a una seriedad que dolía, miré a la puerta mecánicamente recordando que la había cerrado, después miré a mi amigo, que ya me miraba con alguna angustia y le pregunté
-¿Tu… novia…?
Samuel se serenó y me dijo que no me preocupara, que ella llegaría más tarde porque debía resolver un asunto que se le había presentado a última hora. Yo suspiré más tranquilo, pero enseguida reconocí la treta de Samuel para no presentarme a Francia, lo que me hacía sospechar de su enfermedad. Pero esperaría tranquilo.
Continuamos conversando y recordando otro rato más y la comodidad que yo sentía al hablar con él, me hacían olvidar aquel episodio ingrato en su vida, que recordé antes. Igualmente, volví a preguntarle por Francia para ir tanteando sus gestos.
-Quedamos en que no tardaría mucho, pero si demora más de lo normal la llamaré. Te va a encantar amigo. Es una belleza fascinante…
Yo sonreí esperanzado, pero confieso que incrédulo aún, por lo que brindé por su suerte. Todo continuó normalmente y volví a recordar lo de la clínica, mientras me relataba su viaje por Europa; que había vuelto maravillado y con un baño de cultura ancestral increíble; que no hay nada como ver cada país personalmente, recorrerlo, conocerlo, admirarlo… Yo para ser sincero, seguía estudiándolo, como si con eso fuera a saber si me miente o no; o si su enfermedad continúa con él. Pero parecía normal, un tipo como cualquiera, como siempre me lo ha parecido en verdad. Así que olvidé el tema y me relajé.
Serví más tragos y aproveché de indagar por Francia, ¿cómo se conocieron?, ¿cuándo?, ¿de dónde es ella?, ¿qué hace?, etc.
Samuel me miró serio, y buscó algo en mi mirada, yo ya estaba arrepintiéndome de haberle preguntado, pero finalmente y tal vez al no hallar lo que estaba buscando, comenzó a hablar de ella; que se conocieron en una plaza mientras él leía, que ella se sentó al lado, que de pronto se le cayó un pañuelo de cuello y Samuel galante, lo recogió para entregárselo. Lo cautivó enseguida.
A mí también me parece cautivante una mujer que toma la iniciativa.
Ya en la relación misma, me confidenció que era muy cariñosa y atenta a los deseos de él, sin llegar a ser servil. Discutía con argumentos, y era una mujer clarísima en sus ideas. Por lo mismo no vacilaba al momento de decidir y que su sensibilidad le daba un aura especial. Por otro lado, en lo físico, me decía que su belleza era indescriptible.
-¡Te juro que no podría describírtela! A cambio te puedo decir que tiene los ojos más bellos que he visto.
Para dejar de imaginármela y no pecar con ella en mi pensamiento, engañando de ese modo a mi amigo Samuel, partí a la cocina para darle los últimos toques a la carne que se doraba perfectamente. En ese momento sonó el timbre y Samuel me gritó que él abriría. Pensé que era Francia, pero no sentí ni un ruido. Como si se hubieran quedado en la terraza.
Salí con mi mejor cara de chef para sorprender a la parejita y el sorprendido fui yo, porque mi amigo estaba sentado solo en el sofá, sonriéndome y bebiendo lo que le quedaba del sour.
-¿Quién tocó?, pregunté y Samuel me respondió que Francia había llegado. La busqué con la mirada dentro de la sala y no vi ninguna mujer, me dijo que había salido al jardín a ver los hermosos rosales que tenía. Efectivamente el ventanal estaba abierto. Ya no podía dudar. Volví a buscar una copa para Francia y servirle cuando regresara. Ahora, me senté frente a mi amigo para que ella al entrar, quedara a su lado y retomamos nuestra conversación de recuerdos y anécdotas que nos emocionaba, pero ella no entraba. Esperé que hiciera una pausa en su relato y le propuse que fuéramos al jardín a acompañarla.
-¡Pero si ahí viene!, exclamó Samuel y se levantó a recibirla.
Yo hice lo mismo y volteé para darle la bienvenida y decirle que ya estaba creyendo que no existía…
¡Pero no venía nadie! No había ninguna persona y mi mente se turbó, pensé que era una broma de Samuel, pero lo oía hablar, no sé si con ella, o si me hablaba a mí. Lo cierto es que tuve que sentarme en el sillón. Él estaba feliz. Me preguntó.
-¿Qué tal? Ella es Francia.
Lo miré bien y juro que su mirada veía en todas direcciones con un brillo extraño, como si tuviera algo en los ojos; como esa vez hace años. Samuel la miraba y le hablaba de mí, le había tomado la mano y parecía el hombre más feliz de la tierra. ¡Pero no había nadie!
Yo, agarré mi cabeza con ambas manos y me enterré entre los muslos, para poder pensar en qué hacer. Lo echo. Le digo que realmente no está bien y lo llevo al hospital; le sigo el juego hasta que se vaya o simplemente simulo una llamada y salgo con urgencia. La alternativa que me pareció menos cruel, fue seguirle el juego, porque ¿qué podría decirle al pobre? ¿Cómo enfrentar esa situación si el pobre está loco?
Sin saber muy bien aún cómo proseguir esta reunión, lo miré unos segundos, estaba realmente seguro que existía una Francia y la miraba embelezado, y la escuchaba con atención y yo sin poder creer lo que veía, hasta que me vio y con ello aprovechó de preguntarme:
-¿Y, no te dije?
-¿Cómo? Respondí sin saber de qué me hablaba.
-¡Sus ojos, amigo! ¿Acaso no son los más bellos?
Casi cansado ya con esto, me sentí ridículo al tardar un poco en ubicar su verde mirada intensa, pero la encontré. Eran los ojos más hermosos que jamás había visto. Tenía razón.
Ella lo miró ruborizada y sonrió. Samuel había obviado que su sonrisa también era hermosa.
Pero yo volví a levantarme del sillón porque temí por mi salud mental, me di unas vueltas, restregué mis ojos y volví a mirarlos: ahí estaba: mi amigo, junto a una mujer rubia, delgada; de hermoso busto; de piernas largas y delgadas que nacen de unas caderas prodigiosas; piel blanca, de seductoras pecas en su rostro, labios finos pero carnosos, nariz perfecta, de postura elegante. Samuel no exageraba en su descripción.
Francia y Samuel se miraban angustiados, asustados por mi reacción. Para no alarmarlos más aún me senté de nuevo.
- ¿Qué pasa?- me preguntó Samuel.
- Es que realmente tiene los ojos más bellos que haya visto, respondí con una leve sonrisa.
Con esa respuesta, advertí que Francia se sintió más cómoda, se sentaron aliviados y comenzó a hablarme del problema que la había retrasado y yo mirándola. Después que la locomoción estaba muy lenta y yo comencé a sentirme atrapado por la belleza de su rostro. Y no tan solo eso, sino también por su piel tersa. Sus manos, el cuidado de ellas y sus uñas. Su voz encantadora y suave. Y es que también era amena, divertida, en fin era la mujer de mis sueños, la mujer más hermosa. Tanto que se olvida fácilmente su inexistencia.
Me enamoré de ella ahí mismo, al instante. Sutilmente, averigüé de ella sus direcciones laboral y residencial. Qué cosas le gustaba hacer, si iba al cine, si le gustaba pasar a los café. Sus gustos en comidas y todas esas cosas, para idear un plan de conquista.
Como dije, me enamoré de Francia y no podía dejar de mirarla, de agradecer su sonrisa.
No me importa ya que sea la mujer de mi amigo. Tarde o temprano se dará cuenta que Samuel está loco y ahí estaré yo.
Confieso también, que comencé a odiar a Samuel por la suerte que tuvo de encontrarla. Ya no me causaba gracia sus bromas y me indignaba que la interrumpiera cuando hablaba. Pero ella, como una dama que es, nos daba tiempo a ambos, con su atención, con su mirada y con su sonrisa.
Sufrí cuando comenzaron a arreglarse para retirarse y al momento de irse, Francia me dijo que esperaba verme pronto y me besó, muy cerca de los labios, para salir y esperar afuera a Samuel, quien poniéndose su chaqueta, me dijo:
- Gracias por ser tan acogedor con ella y tan buen anfitrión.
Afuera ya, se vuelve y me dice suavemente:
-¿Viste que es especial?
Yo le guiñé el ojo y moví la cabeza afirmativamente. Luego entré y me senté feliz.
Sonreía al saber que la mujer de mis sueños había aparecido en mi vida y comencé rápidamente a ver cómo sería mi próximo encuentro con Francia.
Su aroma tan especial me acompañará hasta ese día. Y es que no puedo darme el lujo de perderla ahora que la he encontrado. La miraré a los ojos, sin apuro; la tomaré de la mano y le diré que quiero llevarla donde las estrellas bajan al mar, para confesarle ahí, que estoy enamorado de ella, que siempre la había esperado y que no me importa que sea la mujer imaginada de Samuel.
Labios
Su carnosidad genera esa textura fina que se adivina suave al tacto. Tienen un hermoso color rosa. Cerrados, se ven simétricos y armoniosos; su forma es bella. Los dedos se acercan, están tentados a tocar y lo hacen, suavemente eso sí, para no despertarlos. El gozo para los dedos es increíble y los labios se contraen regalones, desconocen esa caricia pero les gusta y esperan quietos para ver qué ocurre más adelante. Los dedos están oprimiendo más aún sobre los labios, para no dejar de sentir esa piel fina porque de tanto sentirlos se acostumbran y así se pierde el deleite; además aprovechar para que se vayan relajando y provocar mayor ductilidad en ellos. Los dedos, llevados por el placer que le provocan, intentan ahora separarlos y entrar en ellos un poco; quieren dejarlos preparados para que otros labios los besen. Pero ellos se resisten un poco, juegan con los dedos, se dejan acariciar, porque le seducción debe ser perfecta para permitir entreabrirse. Los dedos también seducen y lo hacen bien pues ya dóciles, los labios se entreabren. Pero ellos también comienzan a seducir, se abren un poco y se cierran, oprimen y sueltan a los dedos. Succionan otro poco y expulsan. Los labios se van humedeciendo y los dedos también. Lentamente, para no perder la atmósfera, ni el ritmo que llevan, salen acariciando todo su alrededor, formas, bordes y rugosidades y ellos parecen buscarlos, los siguen por instinto y resbalan por la humedad, y cuando parece que los labios volverán a atrapar a los dedos, otros labios los frenan. Vuelven a resistirse porque es otra textura, pero aflojan rápido porque ya todo es lo mismo, todo es labios mojados y humedad y esa lengua que busca; que entra y sale sin consentimiento pero con gozo; que acaricia cada uno de ellos con fogosidad y los separa, y entra y acaricia por dentro y sale de nuevo, y vuelve a acariciarlos por fuera provocando tanto placer en ellos, tanta contracción, que parecen adormecerse hasta quedar sin movimiento, esperando estallar en cualquier momento.
El hombre piedra
Ya amanece en la ciudad. La claridad sepia deja ver las vías; los edificios; la gente que comienza un día más de trabajo. Todo hace pensar que el día será igual a todos, el mismo tedio.Sin embargo en una intersección de vías, comienza a generarse un embotellamiento.Los vehículos ya inician sus descargos con las bocinas, y más adelante el público se amontona alrededor de algo.La gente está curiosa. Unas personas ven hacia el asfalto de la calzada, otras hacia arriba, como si el día, tuviera la respuesta.Nadie hace comentarios aún. Están desconcertados. Algunos automovilistas bajan de sus vehículos para observar. Otros, se dirigen hacia el centro de atención, para saciar la curiosidad y saber qué causa el taco descomunal que se ha producido.El señor Olivares hace lo mismo. A pesar de no ser curioso, tiene necesidad de ir al trabajo con fluidez y esto debe ser grande pues la gente se agolpa. Si hasta las bocinas han dejado de reclamar. Deja bien cerrado su vehículo y se va hacia el grupo de gente que sigue amontonándose. Mientras más se acerca, más comentarios escucha.Personas que no lo pueden creer. Personas que critican lo que ocurre, otras que tratan de explicar lo sucedido, aunque no se explican qué hace en medio de la calzada.El señor Olivares se acerca al último cordón de gente y mira hacia abajo.La sorpresa es grande: un hombre de mediana edad yace en el asfalto.El hombre viste un elegante traje oscuro, corbata de colores claros, camisa blanca resplandeciente, mocasines de gran brillo. Todo lo cual choca ante la posición en que el hombre se encuentra.Su costado derecho en el suelo, su brazo izquierdo doblado hacia atrás y el otro hacia delante. Su pierna izquierda doblada hacia atrás y la otra hacia delante. Como si hubiera caído de un piso de mayor altura. El señor Olivares imaginó que el señor corría y así quedó. Sin embargo, los edificios circundantes distan del hombre en el piso unos catorce metros a cada vereda. Tampoco es un paso de cebra. Tal vez cayó de su vehículo o alguien lo lanzó del mismo al pasar.Paradójicamente con su posición, el asfalto no delata color alguno, es decir no hay sangre. Además el hombre parece cómodo.El señor Olivares pregunta si ya han tratado de moverlo. Todos los que le escucharon negaron con la cabeza, nadie habló. Como si tuvieran miedo a algo.El señor Olivares lo mira y se da cuenta que los ojos del hombre en el piso se dirigen a él. Su mirada es serena y no acusa dolor ni miedo. Algo lo retiene para ayudarlo a ponerse de pie. Sus labios se mueven imperceptiblemente, pero el señor Olivares lo advierte.Va en contra de todos y se encamina a ayudarlo. Los demás lo miran asombrados. Nadie está dispuesto a ayudar, ni siquiera cuando el señor Olivares recorre a todos con su mirada. Se resigna y se acuclilla. Lo mira, el hombre ya no lo ve, su mirada está en otra dirección. El señor Olivares lo estudia, quiere saber dónde tomarlo, para no lastimarlo más. Opta por preguntarle.No hay respuesta.El señor Olivares busca sus ojos. le="font-family: ’trebuchet ms’, geneva;">Está consciente, pero no responde. Los labios del hombre en el suelo continúan moviéndose imperceptibles.El señor Olivares se acerca, no oye. Se acerca más, no logra oír nada. Se acomoda para dejar su oído cerca de la boca para poder oírle.Solo escucha un susurro. Vuelve a mirar hacia el círculo de curiosos que reflejan ansiedad por saber qué pasa. El señor Olivares decide tomarlo sin más.Se acomoda a la espalda del hombre y hunde su brazo bajo el brazo del hombre y el otro bajo la pierna.Se impulsa y cae abruptamente golpeando su rostro en el pavimento. La gente ha retrocedido tres pasos más, junto a una exclamación. El señor Olivares se levanta rápidamente y lo mira incrédulo. Lo observa nuevamente, se vuelve a la gente para que le ayuden pero no parecen dispuestos a ayudarlo.Después de un rato, se aproxima nuevamente al señor, lo toca y trata de moverlo. Imposible, el señor es una roca: está duro y frío. Como si fuera parte del pavimento.El señor Olivares trata de entender qué pasa.Reflexiona, pero nada logra satisfacer su duda. Impotente, busca una respuesta en el cielo color sepia. La tenue claridad y las pocas nubes amarillas, le indican que el ventarrón de la tarde semanal está cerca. Lo que quiere decir que al señor hay que sacarlo antes de dos horas más o menos, porque la fuerza de este viento puede moverlo y dañarlo.Pero cómo hacerlo si no se puede mover.La gente lo sigue con la mirada, mientras el señor Olivares piensa dando vueltas alrededor del señor en el piso. Está seguro que hay una respuesta, pero no sabe dónde encontrarla.De pronto saca su móvil y llama a una grúa. Se da cuenta que la policía no aparece, como siempre ocurre; cuando más se le necesita… También los llama. Llama a la ambulancia, para que vengan a verlo. Lo más probable es que esté paralizado, pero porqué tan rígido.Dos hombres se le acercan para prestarle ayuda y lo intentan. Lo rodean, se acomodan y a la cuenta de tres, tratan de moverlo. Los tres se esfuerzan hasta cambiarles de color la cara y hacerlos sudar. Pero el señor no se movió un centímetro.Los hombres quedan exhaustos. Aparecen más hombres para ayudar y llegando a la veintena, la esperanza del señor Olivares aumenta. Todos deslizan sus manos bajo el señor y a la cuenta de tres tiran hacia arriba uno, dos, tres, cinco, diez segundos y nada. No pueden moverlo y todos los que participan quedan cansadísimos.Todos los observadores abren paso y aparece una gigantesca máquina. El chofer no puede creer que lo llamen para levantar el cuerpo de un hombre y vivo. El señor Olivares le explica. Aún incrédulo le entrega el cable para poder levantarlo. El señor Olivares lo hace, pasa el cable por entre el señor del piso. Toma el gancho, lo adhiere en el cable y luego le avisa al chofer que está listo. Éste pone en marcha la camioneta y avanza poco a poco. El cable se estira y repentinamente frena la camioneta. Toda la fuerza de la máquina trabaja para poder levantar al señor. De pronto, un chasquido indica que el cable se corta y el público se cubre. Un accidente de proporciones ha ocurrido, pues hay gente sangrando ya que la parte del cable que viene de la grúa, se agitó lo suficiente como para alcanzar a algunos curiosos, los más cercanos, entre ellos el señor Olivares.Al llegar la ambulancia y la policía se preocuparon de atender a los heridos. Del señor que yace en la calzada nadie quiere ocuparse. Parece que es un estorbo. Como el ventarrón ha llegado ya al pick de su fuerza descomunal, los ilesos huyeron.Ahora he quedado yo solo, mirando a este señor. Todos los demás se han ido con los heridos ¡si hubo hasta heridos graves!. Yo también trato de entender mientras lo miro y el viento pasa por mi rostro, haciendo sentir su furia. Yo, ya acostumbrado a este viento, me fui allegando a un recodo del edificio del frente. En unos minutos ha tomado la fuerza acostumbrada; como si de un tornado se tratara.Me sobresalto al ver al señor que su cabello y sus ropas se mueven enérgicamente, como con rabia, como si quisieran golpearlo…Pronto sus ropas se ajan y vuelan lejos llevadas por el viento, que al llegar a su clímax desnuda completamente al señor; su piel comienza a volar como granitos de arena, finísimos granos de arena. El asombro va abriendo mis ojos, tiemblo y me aferro al hormigón de la construcción. El señor se va con el viento; en realidad el viento lo deshizo.
Mi amigo Baltazar
Ahora estoy sentado en mi sillón favorito, acariciando a mi perro Melchor y por relación, es inevitable que al hacerlo recuerde a mi amigo de infancia.Es una situación muy angustiante, aún ahora.Cuando comencé a tener uso de razón él ya estaba a mi lado.De niños jugábamos juntos, él solo quería correr, pero aceptaba cualquier juego que a mí se me ocurriera.Baltasar me quería mucho, y en gran parte de mi infancia, fue mi mejor amigo.Yo también lo quería, y como todo niño, no sentía aprehensión alguna para abrazarlo y besarlo. Muchas veces dormía conmigo a escondidas, aunque la ira de mamá terminaba por separarnos cuando nos pillaba. Esas noches, para que él durmiera tranquilo, le contaba las ideas locas que había planeado para el próximo día, y que realizaríamos juntos. Él me miraba casi sin pestañar hasta que el sueño lo vencía.Mis padres eran felices al vernos jugar. Alguna vez les oí comentarios acerca de lo tolerante y paciente que era Baltasar conmigo, y que aún cuando él fuera más grande y de apariencia matonesca juntos lo pasábamos muy bien.Ya más grandecito, cuando comenzaba a tener amigos de vecindario y de colegio, mis padres creían, y así me lo decían que Baltasar pasaba por una depresión a causa de la poca importancia que le daba. Pero yo sabía que si yo necesitaba jugar con él, porque mis amiguitos no podían salir a jugar, Baltasar estaría ahí.En el fondo siempre supe que aunque yo no jugara con él, se sentía orgulloso de cómo llevaba mi vida social con mis amigos. Se sentaba a un lado de la calle a observarme con mucho orgullo.Baltasar no podía jugar a las escondidas porque no entendía. No podía jugar a la guerra con nosotros porque no podía tomar armas. No sabía jugar a la pelota. Por eso no jugaba siempre con él, pero nunca dejé de quererlo.Muchas veces, cuando algún adulto nos retaba, a mí sobre todo, Baltasar se acercaba lentamente con su figura peligrosa y los adultos se marchaban.En muchos momentos de mi infancia, Baltasar fue mi héroe.Cuando adolescente, yo lo llevaba al parque para que se distrajera un poco, saltara y corriera, mientras yo coqueteaba con las niñas que andaban por ahí. Muchas veces Baltasar llevó una flor a alguna niña de mi parte, y como él se hacía querer muy rápidamente, pronto tenía que ir a buscarlo para llevármelo y de ahí nacía una conversación que se acrecentaba en el tiempo.En cierta ocasión, andando en el parque, a una hora que no acostumbrábamos pero que era imperioso para mí, puesto que la niña que me gustaba iba a esa hora, hicimos la rutina de la flor. Nunca fallaba y esa ocasión no fue la primera. Al ir a buscarlo, la risa, la conversación y la química surgió mágica y deliciosamente. La niña y yo quedamos deslumbrados y nos olvidamos de Baltasar.Luego de un rato ella preguntó por mi amigo y yo respondí que ya llegaría. No fue así. Pasaron dos horas y no volvía. Esta niña llamó a su casa para avisar que aún estaba en el parque y que se tardaría un poco más para ayudarme a buscar a Baltasar. Comenzamos su búsqueda y mi preocupación iba en aumento. Cuando comenzó a oscurecer la niña se fue y yo continué mi infructuosa búsqueda.Él era mayor que yo por un año, ya tenía catorce años, pero su personalidad lo hacía ver más chico aún. Fui en busca de mis viejos y seguimos buscándolo por horas.Al otro día recomencé su búsqueda con la niña que me había acompañado.Fue imposible aguantar mi pena y dolor. Mi llanto parece haber sensibilizado a la niña y comenzamos un romance que duró algunos años.Hoy, ya viejo, no me casé con esa niña, sin embargo mi mujer es lo que yo buscaba como pareja. Tampoco volví a ver a Baltasar, aunque hoy tengo otro amigo que es tan fiel como aquél. A éste lo llamé Melchor, y aunque no puedo enseñarle todo lo que le enseñé a Baltasar, también es un buen perro.



